Revue de la B.P.C. THÈMES I/2001
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par Ramon
ABARCA FERNANDEZ,
Professeur de
Philosophie à l'Université d'Arequipa (Pérou)
Hay filósofos en nuestro medio?, o simplemente nos quedamos con una
apariencia filosófica que linda más con la erudición? Debemos reconocer que a
partir del Discurso del método de Descartes surge con fuerza inusitada
lo que hoy podríamos llamar los “eruditos”, aquellos señores que dándose una
pasta de filósofos son sólo eruditos, pues repiten, y con muy preciada
exactitud frases o pensamientos de otros de ayer o de nuestros días,
defendiendo, con o sin conocimiento, el argumento de autoridad.
En la tercera parte del Discurso del Método se lee:
“Para que en mis actos no se reflejase la misma duda que la razón me obligaba a
tener en mis juicios y para poder vivir tranquilo y dichoso, formé para mi uso
particular una moral provisional que se limitaba a sólo tres o cuatro máximas”1.
Tales máximas consistían
en: 1) acatar las leyes y costumbres del país; 2) impulsar las obras con mayor
firmeza y resolución; 3) aspirar a dominarse y cambiar los propios deseos que a
reformar el orden del mundo. La denominadas máximas, a dónde conducen? No
solamente a un individualismo que cada vez va más allá de sí mismo, sino a
centrarse en lo que uno puede repetir o ponerse de lado de quien se considera
el más “sabio” (sabiondo?).
Si nos atenemos al significado de “erudito”, la Enciclopedia
Sopena nos manifiesta que es “el muy instruido, que posee mucha erudición”
y la erudición está en la “vasta instrucción enciclopédica”. Es aquí donde se
inspira la ingeniosa sátira Eruditos a la violeta (1772) de José Cadalso
y Vázquez contra la aparente erudición del siglo dieciocho cargado de un seudo
uso de la razón. Pues tal tipo de erudición propicia que el vocablo “filósofo”
sea tomado en América, y particularmente en Chile, como “atrevido, insolente,
respondón”2. Esta es posiblemente la razón por la
cual ningún autor de vocabularios filosóficos lo toma en cuenta, o al menos, lo
plantea.
Con mucha razón Josef Pieper manifiesta que Diotima, en el Banquete
de Platón, dice: “ninguno de los dioses filosofa”. Y continúa, “eso quiere
decir: el saber definitivo y el filosofar se excluyen mutuamente. Aristóteles
afirma sin duda alguna lo mismo en el estilo nada mítico de su Metafísica; la
pregunta del que filosofa (“qué es el ente”; ¿qué quiere decir: algo real?), se
dice en este pasaje, es una pregunta “planteada en todo tiempo pasado, hoy y
por siempre”. Y Tomás de Aquino escribió esta frase sorprendente (sorprendente
porque no se lee en la Crítica de la razón pura de Kant, sino en las Quaestiones
disputatae de este gran doctor de la cristiandad, y a quien se ha querido
presentar como un racionalista, que para todo tiene respuesta): Rerum essentiae
sunt nobis ignotae, “las esencias de las cosas nos son desconocidas”. ¿Qué
decir, pues, si lo que caracteriza al filósofo consiste en preguntar
precisamente por los fundamentos de las esencias de las cosas e incluso del
mundo en su totalidad?”3.
Pero el erudito se contenta con repetir al autor que de
alguna manera se halle en la palestra sea por lo “importante” o caprichoso que
dijo con algún fundamento o novedad, sea por los absurdos que frecuentemente
escuchamos o leemos en algunos autores. Consecuentemente, no es nada raro leer
en el Discurso del método: “Pero en enseguida advertí que en el hecho de pensar
que todo era falso, yo, que pensaba, debía ser necesariamente alguna cosa; y
observando que esta verdad: pienso, luego existo, era tan firme y tan segura
que las más absurdas suposiciones de los escépticos no serían capaces de
negarla, juzgué que podía aceptarla sin escrúpulo como el primer principio de
la filosofía que andaba buscando”4.
Acaso Descartes pretendió desconocer que Agustín en su
importante y monumental obra Ciudad de Dios escribió: “Si me engaño,
quiere decir que soy. No se puede engañar a quien no existe; si me engaño, por eso
mismo soy. Dado que existo, ya que me engaño. ¿cómo puedo engañarme con
respecto a mi ser, cuando es cierto que soy, a partir del instante en que me
engaño?”5.
Pero no es sólo allí donde su pensamiento es clarísimo; pues
en De Trinitate escribe: “si dubitat, vivit; si dubitat, unde dubitet, meminit; si dubitat, dubitare se
intelligit; si dubitat, certus esse vult; si dubitat, cogitat; si dubitat, scit
se nescire; si dubitat, judicat no se temere consentire oportere. Quisquis
igitur aliunde dubitat, de his ómnibus dubitare no debet, quae si non essent,
de ulla re dubitare no posset”.6
El erudito siempre se presenta como el conocedor de la
verdad asegurando que todo lo hace a través del método científico. Pero, qué
entiende por método? Y cómo conceptúa la ciencia? Seguramente que se niega a
establecer una distinción entre los diferentes niveles de método, y,
consecuentemente, a precisar una noción de ciencia que permita determinar los
diferentes y diversos campos de cada ciencia.
Lógicamente que a tal confusión tuvo que conducir aquellas
ligeras palabras de Descartes: “En cuanto a los objetos, basta considerar tres
cosas: considerar primero lo que se presente espontáneamente a nosotros;
después, cómo una cosa es conocida por medio de otra; y, finalmente, cuáles
cosas son deducidas de las demás y cuáles son derivadas. Esta enumeración me
parece completa y abraza todo lo que las facultades del hombre pueden alcanzar”7.
Con tales planteamientos, los eruditos aparecerán por
doquier; se creerán y se considerarán los profetas y salvadores de la
humanidad; no dejando de existir los seguidores ciegos y sumisos que aclaman a
sus dioses iluminados, los eruditos.
Bajo esta perspectiva, es común que los eruditos apelen al
llamado “método científico”, que, como es fácilmente demostrable, se limita al
campo cuántico y de ninguna manera a todo cuanto abraza la realidad, es decir,
el plano de lo medible y a aquel al cual no puede aplicarse, por ningún medio,
una métrica cuantificadora.
Entonces, podemos plantear la distinción entre la filosofía,
cuyo objeto es reflexionar (no medible) sobre el por qué de cuanto existe, y la
ciencia empírica que nos permite explicar e interpretar los datos que podemos
recoger y organizar en cuanto nos rodea, tanto en el campo natural como en el
social. Consecuentemente, la filosofía demuestra el por qué de algo y superando
los alcances de la ciencia; mientras que ésta se queda solamente en un plano
comprobativo, que hoy puede comprobarse cierto y mañana posiblemente no.
Una filosofía cristiana auténtica no tolera que ésta se
refugie en la suavidad fácil de la especulación erudita con pasta académica,
sino que la impulsa hacia una reflexión, que lleve al compromiso en la acción,
en la acción transformadora de este mundo en que vivimos, unos en las carencias
más extremas y algunos, muy pocos, cómodamente. Uno es filósofo en la medida en
que agudiza el cuestionamiento sobre sí y sobre la realidad, no para
acomodarse, sino para ponerse al servicio del hombre, actor y forjador de su realización
integral. La filosofía es la luz del hombre, pues lo ilumina para que éste siga
el mejor camino; pero, muchas veces, alentado y aguijoneado por los eruditos,
el hombre vive en confusión y dicha confusión lo atormenta, acentuándose aquel
común decir expresado cotidianamente como cuando decimos: “la filosofía de la
empresa es tal o cual”, o algo por el estilo. Y entonces, la filosofía sigue
maltratada olvidada y relegada o despreciada como algo inservible.
Sólo una auténtica filosofía nos lleva hacia una educación
en valores que nos permite apreciar al hombre en su totalidad integral y
relacional. Y ese papel lo cumple el filósofo que se cuestiona y cuestiona la
realidad compartiendo dicho cuestionamiento con los demás, grandes o pequeños,
damos o varones. El filósofo, muestra humildad, serenidad, sencillez y
profundidad creadora y progresiva.
1 Descartes, Discurso del Método, Ed. Perú Andino, Lima, 1990, p. 41.
2 Ver Enciclopedia Sopena.
3 Pieper (Josef), Defensa de la Filosofía, Ed. Herder, 1989, p. 81 y s.
4 Descartes, Discurso del Método, Ed. Perú Andino, Lima, 1990, p. 52.
5 Tomado de Giovanni Reale & Dario Antiseri, Historia del pensamiento filosófico y científico, v. I, p. 383.
6 De Trinitate, o. C., X 10, n. 14, citado por el Centro de estudios filosóficos de Gallarate en Diccionario de filósofos.
7 Descartes, op. cit., p. 157 y s.