CENTRE FRANÇAIS D’ÉTUDES ROSMINIENNES juin 2007
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Mise en ligne le 24 juin 2007
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EL PROBLEMA FILOSÓFICO DE LAS INJUSTICIAS
Introducción española a la Teodicea de A. Rosmini
par W. Daros (Conicet, Argentina)
Resumen: El autor presenta los
lineamientos generales de la Teodicea del filósofo italiano Antonio Rosmini
(1797-1855). El actuar de Dios -a veces, al parecer, incomprensible o injusto-
es justificado -en la filosofía rosminiana- mediante el reconocimiento de los
límites que posee el conocimiento humano. La temeridad de los juicios humanos
sobre el actuar de Dios se funda en la ignorancia de las leyes que rigen a todo
ser inteligente y bueno y, por lo tanto, en grado sumo, un actuar atribuible a
Dios. Rosmini se propone, pues, demostrar filosóficamente que lo creado y lo
creable es tal que, si se desean evitar algunos males actuales, se crearían
otros mayores. La bondad del Creador no puede evitar que existan algunos males,
pero sí puede tender a que se logre el mayor de bien posible en contexto de lo
creado[1].
La figura de Antonio Rosmini, ha sido reivindicaba por la Iglesia
Católica, librándola de mal entendidos del pasado. El Papa Juan Pablo II, en su
encíclica de 1998, Sobre las relaciones
entre fe y razón, ha propuesto a Rosmini -junto a otras personas- como
“ejemplo significativo de un camino de búsqueda filosófica”. Sin avalar ningún
aspecto del pensamiento de estos modelos, afirma, no obstante, que “prestar
atención al itinerario espiritual de estos maestros ayudará, sin duda alguna,
al progreso en la búsqueda de la verdad y en la aplicación de los resultados
alcanzados al servicio del hombre” (nº74).
El primero de julio de 2001, en una Nota sobre el valor de los Decretos doctrinales concernientes al
pensamiento y a las obras de Rosmini de la Congregación para la Doctrina de la Fe, teniendo en cuenta: 1)
también el contexto, 2) la situación en la que fueron condenadas las
proposiciones de Rosmini, 3) la dificultad de ser comprendidas desde una
mentalidad neotomista reinante esa época, 4) las expresiones a veces ambiguas o
equívocas de Rosmini, si no se las lee en la integralidad de sus obras; 5)
tomando distancia de las interpretaciones idealistas, ontologistas y
subjetivistas (todas ellas erróneas) que se han hecho de las ideas de Rosmini,
6) y reconociendo que los teólogos y filósofos católicos “han demostrado que
tales interpretaciones contrarias a la fe y a la doctrina católica no
corresponden en realidad a la auténtica posición del Roveretano”, la
Congregación para la Doctrina de la Fe, después de profundo examen de los
decretos, estimó que “se pueden
actualmente considerar ya superados los motivos de preocupación y de
dificultades doctrinales y prudenciales” que determinaron la condena de las
proposiciones rosminianas. El levantamiento de la condena está motivado por el
reconocimiento de que el sentido de las proposiciones, condenadas por el
Decreto Post obitum, “no pertenece en
realidad a la auténtica posición de Rosmini, sino a posibles conclusiones de la
lectura de sus obras” , realizadas por
algunas personas, pero que son extrañas a las obras mismas[2].
1. La Teodicea no ha sido uno de los
primeros aspectos estudiados por la filosofía “oficial”. Si bien existieron
referencias filosóficas acerca del origen del mal desde los tiempos socráticos,
de hecho, podría decirse que la Teodicea ha llegado a su estado adulto debido
al filósofo W. Leibniz que, en el 1756, publicó su obra Essais de Téodicée sur la bonté de Dieu, la liberté de l´homme et
l´origine du mal[3].
Frecuentemente la mente humana admite la existencia del mal
o de injusticias de diverso tipo y luego reflexiona sobre la posible
existencia de Dios que da sentido a la vida humana a pesar de las injusticias; finalmente
entra en conflicto entre Dios (al menos hipotética y lógicamente infinito e
infinitamente sabio, bueno y poderoso) y la existencia de ciertos males que
parecen tener una raíz anterior a la vida humana y social. Surge entonces la
necesidad de conciliar la aparente o real contradicción entre la pensada
existencia de Dios y la existencia del mal. La Teodicea (Theou diké: justicia de Dios) consiste, en efecto,
en el intento sistemático y filosófico por justificar la bondad y justicia de
Dios, a pesar de la patente existencia y presencia del mal en el mundo.
Como tal, la Teodicea
es parte de la Teología natural o filosófica: ésta supone a la Ontología (esto es, el estudio del ser,
del ente, de la esencia, de la existencia) y como culminación estudia cómo
podemos pensar a Ser pleno, absoluto en todo sentido. A este Ser pleno en su
inicio y en su terminación, infinito en todo sentido, la Teodicea le llama
Dios. La Teología natural o filosófica
estudia sus atributos. La Teodicea se
dedica, entonces, a conciliar los atributos de la bondad y justicia de Dios, a
pesar de la existencia, de la presencia del mal y de la injusticia en el mundo
humano, personal y social.
La Teodicea no
prueba, pues, la existencia de Dios sino que la da por supuesta, ya que debe
haber sido probada en la Teología natural.
Rosmini concibe a Dios “como al sumo Ser”,
que como tal tiene una absoluta imposibilidad de perder sus perfecciones (su
infinita realidad, inteligencia, amor, etc.). Dios no es, por lo tanto, una idea de lo infinito, sino una realidad
infinita. Es tal que de Él “no se puede tener imagen ni retrato” aunque se
inspeccione toda la limitada naturaleza. De ella no se puede saber
positivamente cómo sea, aunque se
pueda saber que es o existe[4].
Distinguir la idea de
Dios (la idea de verdad abstracta e infinita) de la realidad de Dios (verdad subsistente), es lo que distingue al
platonismo del Cristianismo. A Dios no se lo ve sensorialmente ni se lo intuye
intelectiva y naturalmente; ni se lo conoce por una semejanza que se encuentre
en las creaturas, ni por la luz de la verdad natural. Ningún ontologismo ni
panteísmo es filosóficamente aceptable para Rosmini: el hombre no percibe
naturalmente a Dios y, en este sentido, no se da un conocimiento naturalmente positivo
de Dios. Rosmini es consciente que, para el creyente, Dios se manifiesta en
todas obras (Rom. I, 19-20), a través de la creación y mediante signos; mas
esta forma de llegar a conocerlo no se considera filosóficamente tener un
conocimiento positivo de Él. Para la filosofía esto supone la admisión del
principio de causalidad o del principio que exige ir de lo contingente a lo
necesario.
Dado que a Dios no se lo ve (no es objeto de los sentidos),
según los filósofos, es necesario probar
(lógicamente, con razonamientos) la existencia real de Dios[5].
De Dios tenemos pues un conocimiento negativo, por el que lógicamente debemos
admitir su existencia en fuerza de una prueba, pero no lo percibimos. Por ello,
el nombre “Dios” es solo una cifra (como
la “x” o la “y” que indican a veces un número, sin que sepamos cuál es) que,
en realidad, esconde lo que es Dios. La perfección es esencial a Dios y ella
nos permanece escondida, ni nos es revelada naturalmente por ninguna semejanza.
“Nos falta la idea positiva de Dios... Las cosas creadas son sí
pues un amplio espejo de la divinidad; pero un espejo que nos da una imagen a
modo de enigma, esto es, de un modo oscuro y misterioso, en forma de cifra...”[6]
2. La Teodicea
de Antonio Rosmini fue publicada, por primera vez, en dos volúmenes, en
1845-1846, y está constituida por tres libros. Los dos primeros fueron
escritos y publicados en 1826-1827. El primer libro trata Sobre los confines de la razón humana en los juicios en torno a la
divina Providencia y el segundo Sobre
las leyes según las cuales se distribuyen los bienes y los males temporales.
El tercero, escrito ya en la época de la madurez filosófica de Rosmini
(1844-1845), lleva el título La ley del
mínimo medio aplicada al gobierno de la divina Providencia[7].
3. La relación existente entre los tres libros es la siguiente:
El primer libro
trata un argumento lógico: expone y
prescribe las normas que debe seguir el pensamiento, si no quiere errar en sus
juicios, en torno a las disposiciones de lo que Rosmini, con la tradición
estoica y cristiana, llama la divina providencia (provnoia: conocer y proveer por adelantado teniendo todo presente)[8].
Para no realizar juicios temerarios respecto del accionar de Dios, era
necesario exponer aquí los límites de la
razón y los límites de ésta en
relación con la fe sobrenatural.
El segundo libro
tiene por objeto un argumento físico:
“Es una meditación continua sobre las leyes de la naturaleza”[9]
y tiende a combatir otra causa de los juicios temerarios contra el accionar de
Dios en el mundo, o sea, la ignorancia de los conocimientos de la física, sus
causas y efectos, y -al ignorar estas leyes- piden absurdos a Dios. De aquí
los tontos lamentos contra la existencia del mal o contra la forma de dispensar
los bienes, a los que -si Dios quisiese hacer caso a estos lamentos- debería
seguir la subversión de todo el mundo y, más aún, hacer lo imposible. Rosmini
se propone, pues, en este libro, demostrar que lo creado y lo creable es tal
que si se desean evitar algunos males actuales se crearían otros mayores. La
bondad del Creador no puede evitar que existan algunos males, pero sí puede tender
a que se logre la suma mayor de bien posible.
Finalmente el tercer
libro atiende a un objeto hiperfísico
y combate la ignorancia en cuestiones teológicas. No pocos pretenden que Dios
intervenga a cada momento para librarlos milagrosamente de sus males, incluso
de aquellos males de los que ellos mismos son los autores, interrumpiendo a
cada momento el accionar de las causas segundas, con el pretexto de que a Dios
no le costaría esfuerzo el hacerlo. Pero si Dios obrase de este modo, lo haría
tontamente, contra sus propios atributos, en oposición con su perfecta bondad
y sabiduría.
Los confines de la
razón humana en los juicios acerca del accionar de Dios. Razonabilidad “de otro
tipo” en la revelación y razonabilidad del acto de fe
4. Rosmini admite ante todo dos presupuestos:
El primer presupuesto supone que si existiesen dos tipos de luces que iluminan la mente
humana no deberían estar en contradicción, porque una luz no contradice u opaca
a otra, sino que la incrementa. En principio, es lógico, por lo tanto, no poner
en contradicción: 1) la luz de la razón (fundada, según Rosmini, en el
ser-idea, y luz natural de la mente humana), y 2) la luz sobrenatural de la
revelación, si la hubiera. Si existiese otra luz (llamémosle
sobre-la-luz-natural o sobrenatural), ésta sería un don de un ser sobrenatural
(al que podemos llamar Dios), como también sería obra de Dios la creación de la
naturaleza y de la mente humana: pero, en este caso, la verdad que ofrece una
luz (la natural) no podría estar en contradicción con la otra (la sobrenatural)
y viceversa. “La luz de la razón no es menos un don de Dios que la luz de la
revelación”: uno por creación, el otro por gracia, sin que esto signifique
poner un plano de igualdad a la luz de la razón y la luz de la revelación.
En este ámbito, son necesarios algunos preámbulos de la
fe. Es necesario buscar “los motivos de credibilidad que justifican, de una vez
por todas, la autoridad de las Escrituras ante el tribunal de la razón, la
cual en adelante le cede la mano”[10].
Esto no significa que haya que justificar racionalmente todo lo que afirman las
Escrituras (lo que sería un racionalismo); sino justificar los motivos para
creer. Ni la teología es sierva de la filosofía, ni ésta de aquélla: se trata
de dos luces dadas por Dos; pero que no se oponen, precisamente porque ambas
proceden de Dios, aunque sean distintas.
El hombre que -sin presión externa- reconoce los límites de la razón
humana, hace un obsequio racional
aceptando los datos de la revelación con la fe[11].
No es humillante (sino humildad) aceptar lo que otros nos dicen, si hay un
reconocimiento de los propios límites de la razón y un reconocimiento racional
de la bondad del testimoniante que nos da un mensaje cuyo contenido supera los
límites de los contenidos conocidos por nuestra razón. “El camino de la fe no
se recorre sin la inteligencia” y el camino de la inteligencia puede ser asistido
por la fe en la revelación de conocimientos superiores a ella[12].
Además de reconocer lo que nos revela la luz de la razón, es razonable aceptar
la posibilidad de otro tipo de iluminación o revelación. Aceptado que la razón
tiene límites, entonces
“...es razonable someterse a la fe por las limitaciones del
propio saber, es todavía más razonable someterse por lo falaz del propio
razonar. No tiene la razón más derecho a rebelarse contra la fe, bajo el
pretexto que alguna deducción suya sea contraria a las enseñanzas de ésta,
sometiéndose ya implícitamente al reconocer la propia limitación y falacidad”[13].
Como se advierte, el contenido revelado, creído mediante
un acto fe, no implica aceptar que ese acto de fe es absurdo, aunque su
contenido no sea un contenido que pueda percibirse naturalmente. Por otra
parte, ni aún con ese acto de fe, se puede conocer, en este mundo, la esencia
de la naturaleza divina[14].
El contenido de la revelación, sin ser un absurdo, sigue siendo un misterio
aun para el creyente.
5. El segundo presupuesto postula que es
necesario ante todo investigar los límites de la razón humana, en su misma
naturaleza: los límites de la razón
natural. Es cierto que, además de estos límites naturales, existen los límites
dados por la educación y los hábitos. El hombre no puede superar por sí solo
los límites de su naturaleza, y difícilmente los de la educación y los del
hábito: de aquí la gran variedad de los modos de pensar y juzgar.
La educación y la experiencia con los objetos (reales o
sociales) nos dan una distinta experiencia, esto es, una distinta medida de las cosas que no son absolutas. Por ejemplo,
gastar cierta cantidad de dinero puede ser considerado innecesario para el
marido, y necesario para el decoro de la casa, según esposa, o viceversa. No se
deben confundir pues las normas-medias con las normas-absolutas de la mente
humana: éstas constituyen la naturaleza de la mente humana y son universales
(como sostener que el objeto constitutivo de la mente humana es el ser, que no
se puede afirmar que el ser sea y al mismo tiempo que no sea); las
normas-medias son relativas a la educación y los hábitos y no son
constitutivas de la mente humana de los hombres, por lo que éstos, en los
asuntos contingentes pueden tener opiniones muy diversas.
“La grandeza y la
pequeñez de algún objeto, su importancia o su carencia de importancia, la
nobleza o la bajeza, la utilidad o dañosidad, son cosas en el juicio de los
hombres, muy frecuentemente relativas”[15].
Los hombres ven, por experiencia, cosas diversas o contrarias, pero no contradictorias: uno percibe
lo que el otro no llega a percibir, pero esto no significa que perciba las
cosas de un modo contradictorio con el otro.
6. Rosmini considera cuatro límites de la razón
humana:
1º) Ante todo, según Rosmini cabe distinguir: a) la luz
de inteligencia (y de la razón que es el discurrir de la inteligencia), de la
b) inteligencia o razón. La inteligencia y la razón son facultades del sujeto: en cuanto éste intuye el ser
posee inteligencia y, en cuanto discurre, posee razón; la luz de la
inteligencia y de la razón es el objeto:
el ser-idea, el ser en sí inteligible. La razón es una actividad del sujeto;
la luz de la razón es objeto constitutivo de la razón. Sujeto y objeto no son
lo mismo, sino conceptos y formas de ser opuestas, irreductibles la una a la
otra.
La luz de la inteligencia y de la razón siendo el
ser-idea o ser en sí inteligible, no es falso: es infalible cuando nos dice
que “el ser es el ser y no puede no ser” (principio de no contradicción que
rige todo el pensar humano). Lo que es falible es el hombre cuando usa de la
razón: el hombre puede afirmar más o menos de lo que percibe y entonces
equivocarse y errar[16].
Algunos filósofos confundiendo lo subjetivo de la razón (su actividad) con lo
objetivo de ella (la luz de la razón), hicieron -como el criticismo kantiano- a
todas las ideas, en última instancia, subjetivas (aunque las llame
trascencentales), “un parto de nuestra mente limitada por sus propias leyes”,
una subjetiva apariencia de los objetos, no quedando nada de absolutamente
seguro ni verdadero[17].
Por el contrario, admitida la constitución de la inteligencia y de la razón humanas, las cuales
poseen un objeto constitutivo infinito como lo es la innata idea del ser,
Rosmini hace notar la primera limitación en el operar de la razón. Esta limitación se halla en el hecho de que la
razón humana comienza su actividad de
conocer percibiendo y el percibir implica objetos de los sentidos, cuerpos
que nos circundan. “Creemos que convienen todas las principales escuelas de los
filósofos en el admitir que las sensaciones son las causas o al menos las
ocasiones de las primeras operaciones de la mente”[18].
Son solamente los cuerpos los que suministran a la razón
humana la primera materia de sus operaciones. Sin éstas el sujeto no podría ni
siquiera reflexionar sobre sí mismo.
El hombre, considerado como sujeto humano, es una unidad
viviente. Mas la naturaleza intelectiva del hombre, al conocer, implica la
distinción de tres elementos: 1) el sujeto que conoce y es un alma inteligente
en cuanto intuye la idea del ser; 2) los objetos del universo material
percibidos; 3) y el cuerpo humano sentido con un sentimiento permanente y
fundamental, el cual participa del sujeto cognoscente y de los objetos reales,
y que es mediador entre uno y los otros, y mediante el cual el alma recibe,
siente y conoce las formas que componen el universo.
“He aquí hasta donde
se extiende el desarrollo natural de la inteligencia humana. Éste se reduce a
dos puntos: al sentimiento originario en el cual recibe la acción de los
cuerpos que produce formas corpóreas; y al ejercer sobre este sentimiento y
estas formas las operaciones propias de la actividad intelectual, las cuales
finalmente se reducen a otras tantas abstracciones y síntesis. Encerrada en
estos límites -es fácil advertirlo- una concepción positiva de Dios trasciende
su poder”[19].
El primer límite
de la inteligencia y de la razón humana se halla, entonces, en que ésta no conoce positivamente a Dios. Todo lo
que ella conoce positivamente lo percibe a través de los sentidos, y el Ser
supremo, realmente infinito, no es perceptible de este modo, pues en los
sentidos humanos no cae nada realmente infinito[20].
Esta limitación de la razón, aporta, no obstante, según
Rosmini, un beneficio al hombre: da
lugar a la fe. La fe es el asentimiento
que el hombre realiza. En este sentido, el hombre puede llegar a formarse
una idea de Dios, como del ser supremo, y probar -mediante una exigencia
lógica- que Dios debe existir realmente aunque él no lo perciba naturalmente.
La fe es justamente ese asentimiento que el hombre da acerca de una realidad
que no percibe; y la fe sobrenatural surge cuando el hombre da su asentimiento
a la realidad Dios que se le hace interior e inicialmente presente (lo que los
teólogos llaman gracia), ayudado
mediante un signo sensible exterior (portentos, profetas, escrituras, etc.).
7. 2º) El segundo límite de la razón
humana lo expresa Rosmini de esta forma: “La inteligencia finita no puede
conocer perfectamente el infinito absoluto”.
Si
por la primera limitación de la razón humana no se puede conocer a Dios,
percibiendo su realidad (realidad que es su esencia y esencia que es su
realidad); por la segunda limitación, la razón humana no puede abrazar el infinito
porque es “actualmente y de todo lado infinito”[21].
La potencia y la sabiduría de Dios traspasa los confines de todas las
naturalezas creadas. Todo lo grandioso y maravilloso de este mundo no es
suficiente para hacernos entender adecuadamente aquel Ser espiritual que se
halla más allá de todo confín material.
8. 3º) La tercera limitación de la razón
la expresa Rosmini de esta forma:
“La fuerza del
pensar es dada por Dios a cada hombre en tal determinada cantidad que aquel
que la posee no puede medir; esto es, no puede relevar la relación entre la
fuerza de su pensar y la dificultad de las preguntas que se le presentan para
resolver”[22].
Se trata de un límite accidental que mide la facultad de
conocer de cada individuo humano en particular. Los dos límites anteriores eran
esenciales a la razón humana y a toda inteligencia creada: este es un límite
accidental y depende de la mayor o menor
capacidad de cada uno para resolver los problemas.
Ante los problemas que se presentan respecto de la bondad
de Dios y de su providencia a pesar de las injusticias de este mundo, hay que
distinguir dos aspectos: a) definir cuál es el problema, b) poder probar que
existe una solución a ese problema. Ahora bien, si se admite que toda inteligencia
humana tiene limitaciones, “no debe el hombre pretender más” que esto:
“Cualquier suceso
que aparentemente parezca contrario a la bondad divina o la divina sabiduría, puede
y debe tener siempre oculta la razón que, si se nos manifestase, haría
desaparecer cualquier duda nuestra”[23].
Por otra parte, las razones accidentales con las cuales
estimamos encontrar la solución a un problema sobre la bondad o providencia de
Dios, al ser accidentales, aquietan el ánimo de algunos y de otros no. Lo que
es una dificultad para uno no lo es para otro, lo que es una razón válida para
uno no persuade a otro.
En este aspecto accidental de la razón humana, no se
puede afirmar cuántos innumerables secretos de la naturaleza descubrirá o no
descubrirá el hombre. También resulta ser gratuito y temerario afirmar que el
hombre puede conocer todas las
verdades del orden natural. Ésta es una cuestión de hecho y habrá que ver en
cada caso qué se puede conocer y qué no[24].
9. 4º) El cuarto límite de la razón humana
Rosmini lo expresa de este modo:
“La mente humana no puede producir para sí misma ninguna
ciencia, sin que le venga propuesta la materia por una causa extraña a ella
misma”[25].
Esta proposición es luego formulada, para su mejor
comprensión, en dos proposiciones.
A) En la primera afirma: a
la inteligencia humana no le son esenciales aquellos actos con los cuales
conoce los seres subsistentes. Dicho de otra forma, la inteligencia esencialmente
tiene por objeto constitutivo la idea del ser (una idea innata), no una
realidad. Constituida la inteligencia, ella se pone primeramente en acción por
medio de los entes que se presentan a su sentimiento y sentidos. Por eso, ella
no puede fijar espontáneamente su atención en una idea abstracta sin un signo.
Esta idea abstracta, ligada a un signo sensible, remite entonces a algo real o
subsistente.
Si la mente humana no estuviese en contacto, mediante el
sentimiento fundamental y los sentidos, con los entes reales, ella no se
movería a conocer por sí misma. Mas una vez que el hombre siente algo que se le
presenta, puede aumentar su sentimiento, dirigirse a él y puede conocerlo.
B) Admitida la existencia de Dios creador, como lo hace la
Teodicea, Rosmini debe admitir que el
hombre conoce solamente aquello que a Dios place manifestarle natural o
sobrenaturalmente. Ahora bien, puede deducirse que Dios ofrece tres
especies de objetos para el conocimiento humano:
a) El universo con todas las cosas naturales que se
le presentan al hombre como una “revelación natural”[26].
b) Además, Dios hizo al hombre una revelación sobrenatural,
no dada a nuestros sentidos mediante las cosas creadas, sino por una
manifestación o revelación interna y exteriormente por el oído, dada al
entendimiento: una revelación de verdades. En ambas revelaciones, la natural y
la sobrenatural, quedan algunas cosas obscuras, impenetrables o difíciles,
algunas de las cuales se clarifican a veces después de una larga aplicación.
c) El tercer lugar, Rosmini en su juventud estimaba
que Dios, al hablarle, había dado también al hombre (según el relato bíblico)
elementos de una lengua, con la cual pasar de los conocimientos percibidos a
los ideas abstractas mediante el signo del lenguaje, como son los nombres
comunes. Rosmini admitió esta hipótesis en sus primeros escritos (entre 1827 y
1834[27],
e incluso dejó intacto sus escritos en la versión del primer ensayo de la
Teodicea publicado en 1844). Él estimaba, en su juventud, que en la naturaleza
no había estímulo alguno para que la mente se fijase en los elementos comunes,
contenidos en las abstracciones: en consecuencia esta parte de la lengua
debería tener un origen divino. Luego, al escribir la Psicología (1846-1850)[28]
admitió también la posibilidad metafísica de que este tipo de objetos
abstractos del lenguaje pudiese ser elaborado por el hombre, sin intervención
de Dios.
10. Aceptados estos límites de la razón
humana, Rosmini hace manifiesto cómo es además necesaria y razonable la presencia de la revelación (y de la fe
sobrenatural) para alcanzar la felicidad del hombre.
No todos los hombres pueden ser científicos ni es
necesario que lo sean. Para la felicidad del hombre es necesaria, más bien, la
sabiduría: los grandes principios teórico-prácticos del saber antes que las
minuciosas conclusiones a las que llegan los científicos[29].
Breve crítica de Rosmini a los
límites de la razón establecidos por la filosofía moderna
11. Locke fue el primero que puso nuevamente
en vigor el principio, ya utilizado por los escolásticos, según el cual no había cosa en el intelecto que primeramente
no estuviese en los sentidos[30].
Condillac continuó esta línea de pensamiento y estimó que todos los
conocimientos se podían explicar a partir
de la sensación. La sensación se convirtió en el único principio
fundamental para explicar el origen de todos los conocimientos.
Mas el sentimiento y las sensaciones son, según Rosmini,
solo mutaciones del sentimiento fundamental que constituye al sujeto humano, y
como tal el sentimiento y las sensaciones son subjetivas. El conocimiento, por el contrario, implica llegar a
saber lo que es el ser de las cosas: es, por lo tanto, objetivo. El sujeto y el objeto constituyen una relación que no
puede confundirse: el sujeto no es el objeto ni éste es aquél. El conocer es una actividad de un sujeto que
termina en el objeto conocido o, en caso contrario, no hay conocimiento, sino
sólo se cree subjetivamente conocer algo. El sentir es la mutación del
sujeto, de su sentimiento, y solo se da lo sentido (como algo exterior al
sujeto) cuando lo conocemos y lo distinguimos del sujeto. Mas, de por sí, el
sentir no se trasciende a sí mismo y no se convierte, por sí mismo, en
conocer. Para conocer es necesario tener un medio que (como la luz) haga
posible conocer: ese medio es, para Rosmini, la luz del ser, el ser-ideal, el
ser-idea, o sea, el ser por sí inteligible que en forma innata constituye
formal y objetivamente a la inteligencia.
David Hume profundizó la perspectiva empirista y retuvo, sin
dudar, la concepción de Locke según la cual no hay otra fuente de conocimiento
que los datos que aportan las sensaciones. Hume vio, en forma más
filosóficamente aguda, que entonces los principios de la razón (por ejemplo, “el
ser no puede ser y no ser al mismo tiempo”, la necesidad de que “todo efecto
tenga una causa”) no podían ser válidos pues estos principios no se perciben,
sino que están constituidos por ideas universales (como la de “ser”, “causa”,
etc.). Al no proceder de la percepción esos principios son solamente
conocimientos ficticios, inventados por los hombres, y gratuita y socialmente
admitidos.
“Él
advirtió que los principios de la razón, como se aceptan comúnmente, no pueden deducirse
de la experiencia, porque se manifiestan como universales; y la experiencia,
aunque se repita y se multiplique, no produce más que resultados particulares”[31].
Hume, llevado por la aceptación del principio de Locke,
se vio conducido a poner en duda los principios fundamentales de la razón y
consideró el principio de causa un parto
de la imaginación y del hábito ciego, de la asociación y de la inclinación
a las analogías. Esto condujo al escepticismo
acerca del valor de la razón, a la duda generalizada sobre el valor de los
conocimientos racionales que no fuesen productos directos de las percepciones.
12. Kant sintió la fuerza del razonamiento de
Hume y advirtió que de las solas percepciones no podían proceder los principios
universales de la razón humana. Por esto se propuso hacer una crítica, o sea,
un juicio a la razón pura (esto es, separada de la experiencia sensible), para
establecer los confines de la razón. “Imaginó pues Kant una hipótesis” para
conciliar el valor de las percepciones y de los principios: propuso entonces
que el intelecto posee propiedades o categorías espontáneas (unidad,
pluralidad, totalidad, realidad, negación, causalidad, necesidad, etc.), por
su propia naturaleza, con las cuales juzga las cosas que percibe. Con estas
categorías (o formas de pensar) la razón viste las sensaciones recibidas con
una cierta universalidad y necesidad, de modo que estas categorías son las
condiciones de posibilidad para conocer lo que nos ofrece la experiencia
sensible. En estos conceptos vacíos o formales o categorías, puso Kant el
límite del intelecto.
De este modo, Kant pretendió superar el escepticismo de
Hume, pero solo lo logró “con otro escepticismo llevado un paso más adelante”,
pues hizo a la razón humana incapaz de juzgar la verdad de las cosas exteriores
a la mente. Ésta “no puede ver nada fuera de sí o en un modo diverso del que lo
prescriben sus limitadas leyes”[32].
Kant hizo de la razón, con sus categorías, una luz para
sí misma, pero “lo que la razón percibe no son ya las cosas, sino la
representación de las cosas”. Mas es un sofisma creer, como lo hace Kant, que
la mente se parece “a un espejo que hace a las imágenes de las cosas según su
propia forma”, como un espejo que las deforma: las agranda o las achica, según
la superficie y curvatura del espejo. Kant no escapó a una concepción
parcialmente material de las formas de la mente (unidad, pluralidad, etc.). De
este modo, no pudo escapar totalmente al escepticismo, pues afirmó que
conocemos no lo que son las cosas en su ser objetivo, sino lo que podemos
conocer según somos sujetos con varias categorías a priori preestablecidas.
13. Por el contrario, -y esta es la crítica y
la posición de Rosmini- la razón humana solo posee una forma innata que es la
idea del ser, luz y verdad del ser. Ésta verdad no deforma lo que conoce, sino
solo lo conoce según la verdad, según el ser objetivo que las cosas poseen[33].
Como la luz solar nos posibilita la visión de los objetos y no los deforma
(aunque a veces el hombre puede afirmar más o menos de lo que ve y engañarse),
de modo análogo, la idea del ser nos posibilita conocer objetivamente todo el
ser que tienen los entes y no deformarlos.
“Parece que Kant
tomó la palabra forma en un sentido
material, sacando este concepto de las formas de los cuerpos. Nosotros, por el
contrario, entendemos por forma un
principio perfeccionante, como lo entendían los antiguos filósofos. Más aún,
en nuestro caso, es el objeto ideal que
informa al alma. Los que nos acusan, pues, de haber nosotros tomado una de las
formas de Kant como base de nuestro sistema, no entendieron que la forma de la
cual hablamos, difiere esencialmente de todas las formas de Kant, como el objeto difiere del sujeto y del extrasujeto”[34].
La única forma innata que admite Rosmini, es objetiva: es el ser-idea
mismo, objeto infinito indeterminado,
constituyente de la mente del sujeto. Ni el sujeto humano ni alma humana no
es infinita, sino su objeto constituyente (que es una participación de Dios).
Según Rosmini, “el entendimiento puro del hombre no es restringido. No es
limitado: admite en él una sola forma, que llama forma de la verdad, la cual no
restringe en nada al entendimiento, pues no es una forma particular”, sino universalísima
que mide todo lo limitado[35].
En este contexto, la mente humana no está limitada por su
objeto (pues éste es el ser ideal, infinito e indefinido), sino por la realidad
finita del sujeto humano.
La limitación de la razón humana para conocer a Dios no
procede de la forma de la razón, sino del hecho de que el Ser infinito y real no puede jamás ser
representado, porque no puede ser percibido realmente.
El hombre, ya en su mente, es un compuesto de infinito
(la idea del ser) y de finito (el sujeto del alma humana).
“Si nuestra inteligencia, pues, no puede
jamás conocer perfectamente la divinidad, esto no sucede porque ella no tenga
una forma ilimitada, sino porque esta forma se encuentra en una naturaleza
finita, en la cual el infinito (real) no puede ser contenido”[36].
Por el contrario, algunos de los representantes de la
filosofía moderna, como lo son los empiristas e idealistas, conciben la
inteligencia humana de tal manera que destruyen la teodicea, no sin haber
destruido antes la metafísica. No es posible, en efecto, defender a Dios ante
las injusticias, sin no se puede demostrar que existe. Y no se puede demostrar
que Dios exista si sólo se admite que conocemos las cosas sensibles, finitas,
limitadas, reduciendo las demás ideas (en particular la idea del ser, y las de
él derivadas, como la idea identidad y de no contradicción, de causalidad,
etc.) a productos de la imaginación sin fundamento real. Si todo nuestro
conocimiento parte de los sentidos, como sostienen los empiristas, nunca se
encontrará a Dios que no es objeto de nuestros sentidos (ya que por definición
se admite que Dios no es corporal y objeto de algún sentido corporal), ni se
podrá válida y lógicamente aplicar principios para demostrar la existencia de
lo no sensible. Por otra parte, si Dios es solo una idea innata, como admite -por
ejemplo- el idealismo kantiano, que no tiene -ni puede exigir- ninguna
correlación con la realidad de Dios, tampoco se puede demostrar su existencia
ni defenderlo de las injusticias que algunos le atribuyen.
Cuando se vive de acuerdo a ideas y éstas no se fundan en el ser (en el ser al
cual remiten), éstas resultan ser ideas
subjetivas o arbitrarias (aunque sean las asumidas por todos y se las llame
trascendentales). En última instancia, la posición filosófica de Kant resulta
ser para Rosmini, un idealismo subjetivo
aunque se lo llame idealismo trascendental. Se trata de una moral basada en la
autoridad del filósofo, no en una razón objetiva. Mas, para Rosmini, admitir
la existencia de Dios sin razones objetivas, como propone Kant, era una estupidez.
“Demostrar
que nosotros estamos obligados a admitir un Dios, sin tener prueba alguna, es
cuanto decir que estamos necesitados por las leyes de nuestro espíritu a ser
estúpidos, ya que la estupidez es admitir lo que no podemos probar”[37].
El hombre sabio es humilde, admitida la limitación de su
inteligencia, y admite como posibles muchas cosas que no puede observar con sus
sentidos: que no puede mostrar, pero que puede demostrar como no son absurdas.
Es más, puede demostrar la exigencia lógica de su existencia -por ejemplo de
Dios- para que la mente humana, y la existencia de todo lo que es finito, no
aparezcan como absurdas[38].
14. El libro segundo de la Teodicea de
Rosmini -llamado libro físico- trata de
las leyes según las cuales se distribuyen los bienes y los males temporales.
Rosmini asume, en este tema, explícitamente, tres
afirmaciones como puntos de partida: 1) el hombre es libre; 2) Dios dispone ab aeterno de todas las cosas; 3) estas
dos proposiciones no implican contradicción, existiendo un modo de conciliarlas
y luego se tratará este modo[39].
Admitido momentáneamente esto, queda por resolver, en
primer lugar, el problema del origen del mal, siendo Dios supuestamente
infinitamente sabio, bueno, justo. En un segundo momento, se tratará el
problema de la distribución de los males y bienes temporales.
15. Debe admitirse, de hecho, que los hombres
buenos sufren. ¿Cómo debe interpretarse este hecho? ¿Sufren porque son buenos o
en cuanto son simplemente hombre?
Mas parece inaceptable que alguien sufra porque es bueno
y precisamente por serlo. Parece, entonces, que se debe admitir que el hombre
bueno sufre ante todo por el hecho de ser hombre: sufre la humanidad, por sus
inevitables limitaciones. Pero surge entonces la pregunta: ¿No debería la
creatura humana ser libre de cualquier sufrimiento, siendo creatura de un Dios
óptimo? ¿Cuál es, pues, el origen del mal?
Rosmini estima que el creyente -el que admite que Dios
existe y que es infinitamente sabio, bueno y justo- no se halla frente a un
verdadero problema, sino que debe suponer también que alguna razón -que él
desconoce- ha de existir para que exista el mal, del cual Dios no puede ser moralmente
culpable. “Solo el ateo puede, pues, escandalizarse por la existencia del mal”[40].
16. Si bien son dos cuestiones diversas la
del origen del mal y la de su naturaleza, frecuentemente la búsqueda
de la primera ayuda a responder a la segunda.
Si el origen del mal se debiera a Dios, esto, en efecto, ofendería
la perfección, la justicia y la bondad divinas. Pero si se demuestra que la
existencia del mal no va contra la bondad divina, también se defiende su
justicia y perfección, pues éstas dependen de su infinita bondad. Si Dios no
fuese infinitamente bueno tampoco sería perfecto; ni su inteligencia ni su
poder lo serían.
17. ¿Cómo conciliar, pues, la existencia del
mal y la perfección y santidad de Dios?
En una primera instancia, parece irreconciliable la posibilidad del mal en las creaturas de
Dios con la santidad y perfección infinita de Dios.
Ante todo se debe tener presente que el mal -el concepto
del mal- no es algo positivamente existente; sino la privación del bien, y consiste en el hecho de que una acción no alcanza su meta o fin adecuado,
como ya muchos autores de la antigüedad lo afirmaron. En consecuencia, Dios no pudo crear el mal porque no es
una cosa positiva, sino una acción defectuosa[41].
18. Ahora bien, la acción de Dios es tan
buena y perfecta como su naturaleza divina, pues sus acciones no se distinguen
realmente de lo que Él es.
El mal solo es pensable como un defecto, como la carencia de un acto producida por un
ente finito que puede equivocar la finalidad de los actos que realiza.
“Cuando, pues, la operación de los entes contingentes se tuerce de
su camino derecho y se inclina a otro término diferente del que le está establecido
y que requiere su esencia, entonces se da en esa acción el mal...
No es que el mal sea todo el acto mismo, el
cual en su ser es siempre cosa positiva;
y por ello, él mismo no es un mal, si, como afirmamos, el mal no es positivo,
sino negativo, privación del bien... ¿Qué es el elemento negativo, que forma el mal? Es aquel término al cual el acto debía, por su naturaleza, llegar, y al que
sin embargo no llega; sino que termina en otra cosa y así se envanece”[42].
El término u objeto, al cual el acto tendía, era
necesario al acto y requerido para que ese acto sea por su naturaleza o
esencia perfecto, bien concluido. Ahora bien, si este acto falla, ese término
que requería para ser perfecto, le falta. La privación o falta de este término suyo natural -su finalidad- es
“lo que forma justamente el mal del acto”. El acto de un ser humano no es pues
malo en su totalidad: no es el mal; es malo porque algo está mal, carece de algo: de su finalidad propia natural; y el hombre con su libertad y
fantasía se propone otra finalidad. Así sucede, por ejemplo, cuando en lugar de
llegar a conocer lo que son los sucesos o las cosas, el hombre inventa lo que
ellos son; o como cuando en lugar de decir lo que son las cosas, él decide
mentir.
19. Es más: existe una posibilidad del origen del mal que es necesaria, dada una naturaleza finita. Por esto, Dios mismo no
podría hacer que no existiese, no pudiendo Dios hacer lo que es absurdo.
Dios mismo, en efecto, queriendo crear por amor a las
creaturas, no podía crear otro Dios perfecto como Él mismo: si creaba debía
crear algo inferior a lo totalmente infinito; debía crear entes finitos y como
tales carentes de algunas perfecciones.
“La limitación entra en la naturaleza de todas las cosas,
excepto en Dios” [43]. Esta es la
ley fundamental de la creación y la llave para entender el actuar de la
Providencia de Dios[44].
Pero entiéndase bien: el acto creador de Dios -que es
Dios mismo, pues Dios no se distingue de sus actos- es bueno; pero lo creado,
las creaturas debían tener en su naturaleza alguna limitación. La limitación
de esa naturaleza finita lleva
consigo la operación que está sujeta a poder fallar, tanto en el ámbito de lo
material, de lo sensitivo, y de lo intelectivo[45].
20. Las cosas
materiales poseen límites. Están signadas, por ejemplo, por el espacio, de
modo que ocupan lugares que no pueden ocupar otras, entran en colisión, etc.
Los entes sensibles
poseen, entre otras, la limitación de ser pasivos: solo pueden sentir lo que
caen en su sentimiento, padeciendo instintivamente placer o dolor.
El hombre posee
una naturaleza inteligente y libre. Debe conocer y elegir por sí mismo lo que
lo perfecciona, y alejarse de lo que daña a su naturaleza. Él puede actuar con
inteligencia y libertad, como señor de sus actos, buscando libremente su
perfección natural. Pero el hombre tiene la limitación de poder hacer lo
contrario a su naturaleza (es decir, al objeto propio y adecuado a su
inteligencia y a su libertad para perfeccionarse) y puede dañarse con sus
actos. Dios hizo al hombre capaz de perfeccionarse a sí mismo, capaz de
continuar moralmente la obra del Creador; pero al hacerlo no podía menos de
dejar también abierta la puerta a que pudiese dañarse a sí mismo.
Si Dios produjo una causa libre, como en ciertos actos lo
es el hombre, ella es responsable de lo que hace. Es responsable del bien o
del mal que realiza. La causa libre que elige el mal, falta a su perfección,
dado que pudo elegir el bien que la complementa: se convierte entonces en una
causa deficiente. Dios es causa eficiente de la libertad humana, pero no
es responsable de lo que el hombre con esta libertad elige. Dios, al crear la
libertad, no pudo hacer menos que imponerse ese límite, pues de otro modo la
libertad no sería posible. “La primera causa, pues, no produce mal alguno; pero
sí la causa segunda que es la sola deficiente”[46].
21. En resumen, todo lo creado, por el hecho
de serlo, posee límites y ofrece oportunidad al surgimiento de males físicos,
intelectuales o morales. Pero se deben distinguir tres conceptos análogos[47]:
A) La negación que
se utiliza para significar la ausencia o no existencia de algo: Pensando un
hombre que no existe, pero que podría existir, pensamos una negación.
B) La limitación
que es la negación o ausencia de alguna entidad considerada parte de algo, la
cual si no es necesaria a la naturaleza de una cosa, sino excluida por la misma
naturaleza, se llama limitación natural:
Pensando en las fuerzas superiores al hombre, aunque el hombre que existe tiene
todas las fuerzas propias de su naturaleza, se piensa en una limitación
natural. Algunos llamaron impropiamente a esta limitación mal metafísico.
En cuanto limitaciones no
queridas por el hombre, ni producidas por él, pero que el hombre padece, se
puede hablar de tres tipos de males: a) males
físicos (la falta de bienes necesarios a la vida, el dolor corpóreo, las
imperfecciones del cuerpo, la muerte); b) males
intelectuales (como la ignorancia, la estrechez mental debida a una
educación rigurosa, etc.); c) el mal
moral de pena (que se padece sin ser no culpable, del cual no se es responsable,
pero del que se reciben efectos negativos, como en teología es el pecado
original)[48]. Algunos
males físicos son necesarios e inevitables, dada la limitación de los entes
creados (el león, por ejemplo, no podría vivir, si no matase a otros animales);
pero Dios, al permitirlo, usa bien de estos males inevitables, para lograr un
mundo en su conjunto ordenado y bueno[49].
C) La privación
finamente es una limitación contra la
naturaleza de una cosa, acto o persona. Pensando en una mano de la cual fue
privado el hombre, o en algo que debería tener por su propia naturaleza, se
piensa en una privación y por lo
tanto en un mal (físico) para el hombre. Cuando esta privación se debe a un mal
uso de la facultad de elegir (por lo que un acto humano no alcanza su
finalidad u objeto natural, no siendo de este modo un acto perfecto), entonces
nos hallamos ante un mal moral (culpable).
El mal moral es una privación moral realizada por un hombre, que en tanto es
consciente y libre, es culpable.
El mal es una
privación no una aniquilación: es una disminución del bien. No existe pues
ni es pensable el mal puro o total. En todo lo que es hay algo de bueno.
Incluso en todo acto perverso se da algo de bien. Ningún ser inteligente puede
querer el mal en cuanto mal, sino bajo el aspecto de bien (solamente subjetivo)[50].
22. Ni la naturaleza del mal, ni la
posibilidad del mal (o la limitación de las creaturas) van, pues, según
Rosmini, en contra de la santidad y bondad de Dios. La naturaleza del mal, dado
que es una privación, no es algo de Dios; pero la posibilidad del mal es
necesaria y connatural a las creaturas.
La limitación de las creaturas no es sí misma un mal
moral, ni es la que produce necesariamente el mal moral, sino la que lo hace
posible. La creatura humana, al ser libre es limitada, pero no por ello la
libertad es mala, ni la creatura libre lo es. La libertad, lo mismo que la
inteligencia y la corporeidad, son parte de la naturaleza humana, la cual no es
mala moralmente en sí misma ni por sí misma. Pero la libertad humana es
bilateral: puede -en la medida en que es libre- elegir el bien (que lo
perfecciona) o el mal y, en consecuencia, genera como causante en ella el bien
moral o el mal moral[51].
23. El origen del mal moral se halla en el principio
activo del hombre, en su energía interior que lo hace capaz de moverse (física,
intelectiva y moralmente), o sea, en la voluntad,
sobre todo en cuanto ésta es libre.
Ahora bien, la voluntad libre inicialmente puede, con sus
propios actos y decisiones esclavizarse, dañar el propio cuerpo o facultades de
la misma persona. Una vez debilitada la naturaleza humana (sus formas de
sentir, conocer, querer, decidir), no es
absurdo pensar que esta debilidad se trasmita a las generaciones sucesivas
biológica o culturalmente. Esta es la hipótesis que sostuvo Platón y que
sostienen algunas religiones: la existencia de una falta en el origen de la humanidad (pecado original) que luego
(sin participación libre de los descendientes) otros heredaron como debilidad o
carencia que fuerzas o bienes que habrían podido poseer. Si existen pues males
o debilidades heredadas por personas inocentes, Dios no es el causante de
ellos, ni es injusto o carente de bondad, al tolerarlos[52].
Queda, de este modo, defendida la justicia de Dios: la Teodicea.
Resulta, pues, injusto y temerario acusar a Dios de injusto, por los males que
existen en el mundo.
La ley del mínimo medio aplicada al
accionar de Dios
24. Rosmini, repite frecuentemente -y es
conveniente no olvidarlo- que estas formas de pensar las relaciones entre el
obrar de Dios y el obrar humano “no tienen lugar en Dios, sino solo en nuestra manera de concebir” las
personas o cosas[53]. Dios,
aunque es uno en esencia y trino en personas, es simple y perfecto en su ser
(es el ser y único ser: no tiene partes materiales ni facultades limitadas,
que requieren tiempo y distinciones), y su obrar es su propio ser. Las demás
creaturas solo participan de su ser.
Pues bien, en el primer libro de la Teodicea, Rosmini ha
puesto de manifiesto, las limitaciones de la razón humana y lo razonable que
es admitir que pueda existir otro tipo de revelación que no sea el de la mera
luz natural de la razón. En el segundo libro, Rosmini pone los presupuestos
para admitir la posibilidad de la existencia del mal y analiza su origen,
exculpando a Dios del mismo.
Ahora en el tercer libro, llamado hiperfísico, analiza la
forma en que podemos pensar que interviene Dios en la historia humana, y más particularmente
“aquella acción de Dios que modifica las acciones de las cosas naturales”[54].
25. En los libros anteriores, Rosmini ha
admitido que Dios, al crear, ha debido crear entes finitos (pues es absurdo que
Dios cree a otro Dios, infinito como Él). Estos entes finitos tienen su propia
naturaleza y, en cuanto son, son buenos; pero en cuanto son limitados dan pie a
la posibilidad de algunos males o sufrimientos. Los humanos debemos saber -y
los educadores lo deben recordar- que algunos
sufrimientos son inherentes a nuestro ser humano, y debemos educarnos para una
vida que sepa afrontarlos con grandeza de ánimo; aunque no está, por ello,
causar libremente daño o sufrimiento innecesario a un inocente.
Los entes, al tener su propia naturaleza, tienen su
propio bien (el bien adecuado a ellos). Un bien infinito, por ejemplo, que no
le es propio a alguien finito y, por ello, “no es bien para él, ni por él es
apetecido ni querido”[55].
Mas sucede que en el accionar de las creaturas, que
buscan su propio bien natural, surgen
inevitablemente algunos males. Tanto el individuo, como la humanidad o
sociedad, advierten que no se podría gozar de los bienes que sumamente
aprecia, sino a condición de sostener algunos males que afectan al sentimiento
y al valor positivo de los bienes que logra: sufrir, soportar o esforzarse por
algunas cosas para poder obtener otras.
26. En primer lugar, el obrar de Dios debe
ser pensado como limitado por el ser mismo de los entes creados por Dios. El principio general que de esta afirmación
se deduce, y que -pensamos- Dios tiene presente, es el siguiente: “Pertenece
a la perfección de un ente, el ser autor del propio bien”[56].
Este es un principio ontológico: se refiere a todo ente (al orden intrínseco de
todo ente), no solo al hombre, ni solo a cada sociedad en particular.
Referido al hombre, este principio indica que Dios
debería dar al hombre lo que éste no puede lograr por sí mismo y ayudarlo a
lograr todo lo que él puede alcanzar por sí mismo. Ante todo ayudarlo a lograr
el sumo bien moral, pues éste es el bien más adecuado y completo, y por ello,
superior al bien solo intelectual o físico.
Referido al hombre también, se puede hablar de dos
grandes categorías de bienes: el moral y
el eudemonológico[57].
El primero se obtiene actuando justamente;
el segundo es una consecuencia del primero: ser
feliz. De aquí se sigue que el hombre sin virtud (y la justicia es
fundamental) no puede ser verdaderamente feliz; y si cree serlo, se engaña. El
bien subjetivo surge como consecuencia del bien objetivo: el bien del sujeto
surge de haber -el sujeto- logrado el objeto propio de su naturaleza.
27. Ahora bien, el hombre es autor del bien
moral para sí mismo gracias a la libertad. Dios,
queriendo ayudar al hombre, no podía disminuirle el uso de la libertad;
sino, más bien, dejarle el máximo de libertad para que tuviese el máximo de
mérito en el bien que elegía[58].
Mas al elegir el bien moral -el bien justo-, el hombre
debe con frecuencia renunciar a otros bienes placenteros o subjetivos, lo
cual implica esfuerzo y cierto dolor por esos bienes. En ese sentido, para
lograr un bien es a veces necesario, la producción de ciertos males (como el
dolor de no poder seguir ciertos placeres subjetivos, al tener que ser justo y
objetivo), que sin embargo se compensan y superan con el bien moral obtenido;
porque el esfuerzo para respetar lo justo -aun cuando hay que suprimir cierto
placer individual- es un acto de gran amor hacia lo justo.
28. Dios no
es el autor (causa eficiente) de actos malos (esto es, de actos que no
alcanzan el objetivo propio de la naturaleza del hombre); pero puede permitir que el hombre (dado que fue
creado con libertad) realice actos morales malos. Mas Dios permite el mal uso
de la libertad sólo si esas acciones (aun siendo males) son la condición de
posibilidad de un bien moral mayor[59].
“Parece preferible
una vida privada de males físicos;
pero los males físicos son estímulos potentes por los que se ponen en acción
las excelentes facultades humanas; son los medios con los que el hombre se
hace sabio, adquiere saber experimental de sí y de otras cosas, y finalmente
son la ocasión necesaria de aquel sacrificio, por el cual la voluntad humana se
eleva sobre el mundo exterior y material, y el ser moral triunfa sobre el ser
físico...
Parece que debiese que desearse la ausencia de todo mal moral; y, sin
embargo, esto es necesario para el máximo bien de la humanidad, sea porque da
ocasión al arrepentimiento, a la conversión del corazón...” [60]
29. El operar de Dios puede parecer
contradictorio si no se estudia cómo es el operar de una persona que obra
racionalmente, que es el obrar propio de una persona inteligente.
El operar instintivo es espontáneo y ciego; el operar inteligente se guía por una idea
previa, que hace la función de razón
suficiente de ese operar.
“Los modos de
conocer son dos: el especulativo y el
práctico. De este modo, los
principios de la razón tienen dos valores:
uno especulativo y otro práctico. Tienen un valor
práctico cuando se toman como principios eficientes de nuestro operar.
Expliquémonos. El principio de la razón
suficiente, en el orden especulativo, es la causa concebida por la mente como razón que explica la existencia
del efecto. Pero el mismo principio de la razón
suficiente en el orden práctico es otra cosa; es lo que hace al operador razonable. Cuando el
hombre tiene una buena razón para hacer una acción, y en vista de ella se
determina a hacerla, entonces la razón
deviene causa original de su acción. El principio de razón suficiente se ha
vuelto eficaz, operativo, práctico. Y esta es la ley propia del operar de la inteligencia”[61].
Por cierto que el hombre, a veces, puede operar sin una
razón suficiente, esto es, operar movido por un sentimiento ciego, sin razones
lógicas, y entonces no obra según la ley de un ente inteligente. Cuando el conocer
operativo es humano, se guía por una razón suficiente que ama; por ello opera
racional y afectivamente, sin que la decisión y el afecto sean ciegos; por ello
opera también moralmente.
“El conocer operativo es apreciación y
afecto con los que el ente tiende a gozar del ente conocido, y este acto
práctico del acto intelectivo es justamente lo que constituye al ser moral”[62].
¿Cómo debemos pensar, pues, el obrar de Dios? La respuesta, desde el punto de vista del conocer
humano, es: Dios no puede menos que obrar en forma inteligente, esto es, amando
con una razón suficiente y operando del modo más breve posible.
30. Ahora bien, la razón suficiente en un ser
inteligentísimo -como pesamos que es Dios- debe operar con una razón suficiente, o sea, hablando en
general, con lo necesario y suficiente
para producir el máximo bien con el mínimo medio.
En este contexto, Rosmini gustaba citar una expresión de
Tomás de Aquino -el sumo filósofo italiano, a quien tenía siempre muy
presente-: “El operador sapiente realiza acabadamente su obra por el camino
más breve posible”[63].
Veamos un ejemplo. Si un cuerpo esférico desciende
rotando de un punto superior a un plano inferior, lo hará por el camino que
encuentra allanado, sea éste curvo, rectilíneo o mixto. La realidad de las
fuerzas naturales no elige el camino. Pero un ente inteligente no elegirá nada
superfluo para el cuerpo esférico y seleccionará el camino que ofrece la menor
resistencia a su paso, por lo que el cuerpo descenderá con mayor facilidad y
celeridad. La sabiduría de los hombres inteligentes y matemáticos encuentra
rápidamente este camino: este camino no es ni recto ni mixto, sino curvo
cicloide.
La realidad no
inteligente no puede elegir los efectos de su operar; no tiene finalidades,
en su obrar, sino solo efectos determinados por las fuerzas o actividades
ciegas que inmediatamente los producen. Ella no posee imaginación para
imaginar otros efectos y causas posibles y parangonarlas. Pero un ente inteligente debe tener razones
suficientes para: 1) obrar más bien que no obrar; 2) producir un efecto más
bien que otro; 3) con una determinada acción más bien que con otra. Ahora bien,
no sería inteligente quien, para producir un mismo efecto, empleara más energía
de la necesaria, tomara un camino más largo del necesario[64].
31. Galileo primero, y Newton luego, habían
supuesto esta ley de la mínima acción o mínima causa para explicar el máximo
efecto, como una norma que se debía seguir para entender el actuar de la
Naturaleza[65]. La
Naturaleza obra mucho con poco, afirmaba Galileo; y Newton postulaba que no se
debían suponer más causas que las necesarias para explicar los fenómenos.
Los animales (que están constituidos por un sentimiento
organizado u organismo) buscan espontáneamente -sin ser inteligentes ni
conscientes de ello- el mayor placer con la mínima fatiga, o el mayor beneficio
con el menor esfuerzo. Si la Naturaleza ciegamente obra con una mínima acción,
hay que suponer tras Ella una Inteligencia ordenadora.
Sobre estos supuestos, pues, Rosmini formulaba la
siguiente hipótesis:
“La ley del mínimo
medio es la ley de la razón suficiente, en cuanto ella determina el modo de operar de la sabiduría. Esta ley
se halla también en la Naturaleza, en el ser real insensitivo y sensitivo,
pero Ella no tiene en sí misma la causa (de este modo de obrar): luego es
prueba de que la inteligencia preside al ser real del que se compone el
universo”[66].
32. Los que no admiten la Teodicea suponen que: a) Dios podría y debería mover
la voluntad de todos los hombres al bien con cierto efecto eficaz, sin destruir
la libertad; b) debería comunicar a los hombres todos los bienes morales sin
exigirles esfuerzos o sacrificios; c) debería, en punto de muerte, determinarlos
al bien, pues aunque esto destruiría la libertad meritoria, ésta quedaría
compensada con la abundancia de bien que se otorga al hombre sin el uso de la
libertad. En resumen, Dios no necesita ahorrar energías; no necesita esforzarse
y, en su infinita bondad, puede ser infinitamente generoso.
Pero, según Rosmini, estas concesiones realizadas por
Dios irían contra la ley de la sabiduría y bondad divinas: obtener con el
mínimo medio el máximo efecto. “Ni la sabiduría ni la bondad pueden dispensarse
de ella, en su obrar, sin cesar de ser sabiduría y de ser bondad: si -los que
no admiten la Teodicea- no demuestran esto, nada han demostrado. Sus objeciones
no son objeciones sino palabras vacías[67]”.
33. Un buen
gobierno del universo exige que, con la mínima acción, se obtenga el máximo
bien posible en su conjunto. No exige que se lo distribuya a muchos o a pocos,
sino que sumados los bienes que los hombres obtienen y restados los males
tolerados por Dios, sea el máximo bien logrado.
La ley del mínimo medio o de la mínima acción no incluye
la condición de que “la cantidad de acción del sabio produzca solo bienes sin
ningún mal”; sino que la cantidad de acción del sabio produzca un efecto tal
que, compensados los males y los bienes,
el efecto bueno sea el máximo[68].
En resumen, si Dios obrase más de lo necesario, aunque
fuese por bondad, obraría absurda y
estúpidamente; y no es poner límites a la divina omnipotencia afirmar que
“Dios no puede hacer cosas absurdas”[69].
Más aún, es propio del sabio gobernar el mundo según el principio del mínimo
medio posible, para obtener de la propia actividad de los entes creados (libres,
perfectibles por sus propios actos), el mayor bien posible; excluyendo lo
superfluo, permitiendo incluso -no realizando- que los entes creados produjesen
males, si así el bien del conjunto total fuese el máximo[70].
Si bien no se puede afirmar tan optimistamente, como lo
hiciera Leibniz, que éste es el mejor de los mundos posibles, es posible, sin
embargo, decir que si se imaginara todos los mundos posibles, la bondad y
sabiduría divinas, no elegirían aquellos en los que la cantidad de acción empleada
para obtener el máximo bien que se obtiene no fuese la mínima, “porque ésta es
la ley del operar sapiente esencial”[71].
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© Centre français d’études rosminiennes juin 2007
[1] Este trabajo ha
sido publicado como Un problema
filosófico: las injusticias y el actuar de Dios en la revista mexicana Anámnesis, 2004, nº 27, pp. 139-167.
[2] RATZINGER
Joseph. Cardinale Prefetto della Congregazione per la Dottrina della Fede. Nota sul valores dei Decreti dottrinali
concernenti il pensiero e le opere del rev.do Sacerdote Antonio Rosmini Serbati
en Charitas. Bolletino Rosiniano Mensile.
Luglio 2001, Numero Speciale, p. 208-209. La Nota ha sido aprobada por el
Papa Juan Pablo II, en la Audiencia del 8 de Junio de 2001.
[3] Cfr. LEIBNIZ, G. W. Die
philosophischen Schriften. Olms, Hildesheim, 1965, Bd. 6. POMA, A. Impossibilità e necessità della teodicea.
Gli “Essais” di Leibniz. Milano, Mursia, 1995. FONNESU, L. Kant, Leibniz e la “Aufklärung”: ottimismo e
teodicea en AA.VV. Kant e la
filosofia della religione. Morcelliana, Brescia, 1996, Vol. II, pp.
443-457. GIAMBERTI, F. Antonio Rosmini
inteprete e critico della teodicea di Leibniz en INSTITUTO TRENTINO DI
CULTURA. Il pensiero di Antonio Rosmini a
due secoli dalla nascita”. Brescia, Editorial Morcelliana. 1999, Vol.II, p.
953-982.
[4] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. Roma, Città Nuova
Editrice, 1977, nº 60.
[5] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 60, nota
16. Cfr. ROSMINI, A. Vincenzo Gioberti e
il panteismo. Saggio di lezioni filosofiche con altri opuscoli. Padova,
Cedam, 1970. ROSMINI, A. Del divino
nella natura. Roma, Città Nuova, 1987.
[6] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 65.
[7] ROSSI, G. La vita di Antonio Rosmini. Rovereto,
Manfrini, 1959, Vol. II, nº 17.
[8] Cfr. ELORDUY,
E. El Estoicismo. Madrid, Gredos,
1992. RIST, J. La filosofía estoica.
Barcelona, Crítica, 1995, p. 136-137, 173-174, 187. SÉNECA, De la Providencia en SÉNECA. Tratados filosóficos. Bs.As., Ateneo,
1952, p. 21-39.
[9] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., Prefazione, p. 14.
[10] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 12, nota
1.
[11] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 166. Cfr.
ELDERS, L. Le rôle de la Philosophie en
Theologie. Aide nécessaire et abus en
Nova et Vetera, 1997, nº 2, p. 34-69.
[12] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 167. Cfr.
CRISTALDI, G. Gracia e fede in Rosmini en Rivista Rosminiana, 1987, nº 4, p.
357-368. STAGLIANÒ, A. La `teologia´
secondo A. Rosmini. Sistematica-critica-interpretazione del rapporto fede e
ragione. Brescia, Morcelliana, 1988.
[13] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 135.
[14] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 166, 400.
[15]
ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O.
C., nº 14. Cfr. DARÓS, W. Racionalidad,
ciencia y relativismo. Rosario, Apis, 1980. LAUDAN, L. La ciencia y el relativismo. Madrid,
Alianza, 1993. RORTY, R. Objetividad,
relativismo y verdad. Escritos filosóficos 1. Barcelona, Paidós, 1996.
[16] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 29, 39.
[17] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 66. Cfr.
DARÓS, W. “Pienso luego soy”: trascendencia
metafísica e inmanencia de la razón humana en Rivista Rosminiana, 1983, IV, p. 328-342. DARÓS, W. Acerca del concepto de ‘inteligencia’ o
‘razón’ y de su fundamento en
Rivista Rosminiana, l979, F. IV, p.403-442. FENU, C. Le fonti idealistiche nel pensiero rosminiano Kant, Fichte, Schelling,
Hegel en Rivista Rosminiana,
1997, F. III-IV, p. 571-634. OTTONELLO, P. Il
mito de Rosmini “Kant italiano” en
Risvista Rosminiana, 1995, n. 3, p. 229-240.
[18] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº55.
[19] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 58.
[20] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 62. Cfr.
GELLNER, E. Posmodernismo, razón y religión.
Barcelona, Paidós, 1994.
[21] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº75-76.
[22]
ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C.,
nº 79. Cfr. GABILONDO, A. ¿Qué significa pensar? Acerca del problema de la
filosofía en Tarbiya. Revista de
investigación e información educativa, 1996, n. 13, p. 39-52.
[23]
ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O.
C., nº 80. Cfr. DARÓS, W. Acerca del
concepto de ‘inteligencia’ o ‘razón’ y de su fundamento en Rivista Rosminiana, l979, F. IV,
p.403-442.
[24] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 84, nota
32.
[25] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 85.
[26] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 96.
[27]
ROSMINI, A. Antropologia soprannaturale.
Casale Monferrato, Pane, 1984, Vol. II, cap. 3, a.1; Vol. III, Libro. 4, Cap.
1, a. 8. Cfr. ROSMINI, A. Il linguaggio
teologico. Roma, Città Nuova, 1975.
[28] ROSMINI, A. Psicologia. Roma, Città Nuova, 1988, nº
1471-1472. ROSMINI, A. Epistolario
filosofico. Trapani, Cebeles, 1968, p. 51. Cfr. MANGANELLI, M. Il segno nel pensiero di Antonio Rosmini.
Milano, Marzorati, 1983, p. 60.
[29] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 122.
ROSMINI, A. Introduzione alla filosofia. Roma,
Città Nuova, 1979. Parte III, p. 109-194.
[30] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 137.
ROSMINI, A. Breve schizzo dei sistemi di
filosofia moderna e del proprio sistema. Milano, Signorelli, l966. LOCKE, J. An Essay Concerning
Human Understanding. Collegated and Annotated with Biographical, Critical
and Historical Prolegomena by Alexander Campbell Fraser. New York, Dover,
1947. Vol. I-II. CONDILLAC, Tratado
de las sensaciones. Bs. As., Eudeba, 1963. DARÓS, W. R. La construcción del saber crítico, I (en la
confrontación Locke - Rosmini) en Philosophia,
1998, p. 27-56. DARÓS, W. La Construcción
semiótica (Locke – Rosmini), en Rivista
Rosminiana, 1999, F. I, p. 21-54.
[31] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 138.
ROSMINI, A. Nuovo Saggio sull'origine
delle idee. Intra, Tipografia di P. Bertolotti, 1875-1876, nº 310-315.
[32] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 143. Cfr.
JIMÉNEZ, J. Kant: la religión como
"veneración moral pura de Dios” en
Pensamiento. Revista de Investigación e Información Filosófica. Madrid,
n. 199, 1995, p.69-88. RODRIGUEZ ARAMAYO, R. Y otros. En la cumbre del criticismo. Simposio sobre la “Crítica del juicio”
de Kant. Barcelona, Anthropos, 1992.
[33]
ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C.,
nº 145-146. Cfr. DARÓS, W. La crítica
rosminiana a la ética kantiana. Publicado en Rivista Rosminiana, l990, F. I, p.41-46. PARDO MARTÍNEZ, J. La propuesta ética de H. Berson y su crítica
del formalismo kantiano en Estudios
Filosóficos, 1994, n. 123, p. 207-222.
[34] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 151,
notra 61.
[35] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 151.
[36] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 153, 400,
723.
[37] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 162.
SCIACCA, M. F. L'oscuramento dell'intelligenza.
Milano, Marzorati, 1970. DARÓS, W. La
filosofía de la educación integral en el pensamiento de M. F. Sciacca.
Rosario, CONICET-CERIDER, 1998,
[38] Michele
Federico Sciacca, que tanto se ha nutrido de la filosofía rosminiana, sostenía
que “si es racional plantear la hipótesis `Dios´ no es racional plantear la
opuesta”. Cfr. SCIACCA, M. F. La
existencia de Dios y el ateísmo. Bs. As., Troquel, 1963, p. 165.
[39]
ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O.
C., nº 171. Cfr. BILBENY, N. El idiota
moral. La banidad del mal en el siglo XX. Barcelona, Anagrama, 1993.
CARDONA, C. Metafísica del bien y del mal.
Pamplona, EUNSA, 1987.
[40] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 177.
[41] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 184. Cfr.
ROSENFIELD, D. Del mal. Ensayo para
introducir el filosofía el concepto del mal. México, FCE, 1993. BUBER, M. Eclipse de Dios. Estudios sobre las
relaciones entre religión y filosofía. México, FCE, 1993.
[42] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 187.
[43] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 188. Cfr.
CANTILLO, G. Il Rosmini della teodicea en
AA.VV. Atti del Congresso Internazionale
della “Cattedra Rosmini” nel secondo centenario della nascita di A. Rosmini
(1797-1997). Rosmini e la domanda di Dio: Tra ragione e religione. Stresa,
Sodalitas, 1998, p. 73-109.
[44]
Cfr. ROSMINI, A. Teosofia con
introduzione ed aggiunte inedite a cura di Carlo Gray. Firenze, Edizione
Roma, Vol. I-VIII, 1938-1941, nº 51,
1381-1392. ROSMINI, A. Epistolario
filosofico. Trapani, Cebeles, 1968, p. 592, 440-441, 661.
[45] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 190.
[46] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 548. Cfr.
GONZÁLEZ-SIMANCAS, J. Educación: libertad
y compromiso. Pamplona, EUNSA, 1992. GRIMAL, P. Los extravíos de la libertad. Barcelona, Gedisa, 1991.
[47] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 193, nota
10.
[48] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 567.
ROSENFIELD, Del mal. Ensayo para introducir
en filosofía el concepto de mal. México, F. C. E., 1993.
[49] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 611-616,
659. Cfr. CARDONA, C. Metafísica del bien
y del mal. Pamplona, EUNSA, 1987.
[50] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 940.
[51] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 199-200.
Cfr. ROSMINI, A. Trattato della coscienza
morale. Roma, Città Nuova, 1991, nº 67, 76. ROSMINI, A. Antropologia in servizio della scienza
morale. O.C., nº 606-607, 598.
[52]
Cfr. ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre.
O. C., nº 203-218. GRAY, C. Il problema
della Teodicea e della sua interferenza nella filosofia di A. Rosmini.
Milano, UT, 1934. MESLIN, M. Aproximación
a una ciencia de la religión. Madrid, Cristiandad, 1998.
[53] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 529 nota
50; nº 14.
[54] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 231. Cfr.
CHIESA, M. Rosmini e la storia delle religioni
en Rivista Rosminiana, 1934, nº 2, p.
108-112.
[55] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 356.
[56] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 359.
[57] Cfr. ROSMINI,
A. Princìpi della scienza morale e storia
comparativa e critica dei sistemi intorno al principio della morale. Milano,
Fratelli Bocca, l941. ROSMINI, A. Eudemonologia.
Gaeta, Bibliotheca, 1997.
[58]
ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O.
C., nº 363. Cfr. CASPEPR, B. – SPARN, W. (Comp.) Alltag und Transzendenz. Studien zur religiösen Erfahrung in der gegenwärtigen
Gesellschaft. München, Alber,
1992.
[59] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 371.
[60] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 378. Cfr.
TODESCAN, F. Consideracioni sulla relazione
del principio morale col principio religioso nella filosofia del diritto di
Rosmini en INSTITUTO TRENTINO DI CULTURA. Il pensiero di Antonio Rosmini a due secoli dalla nascita. Brescia,
Editorial Morcelliana. 1999, Vol.I, p. 421-430.
[61]
ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O.
C., nº 401, nota 15. Cfr. CHIMIRRI, G. Ragione
e azione morale. Conflitto e conciliazione di teoria e pratica. Napoli,
Edizione Scientifiche Italiane, 1997. GOMARASCA, P. Rosmini e la forma morale dell´essere. La “ poiesi” del bene come
destino della metafisica. Milano, Angeli, 1998.
[62] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 406. Cfr.
BERGAMASCHI, C. L’essere morale nel
pensiero filosofico di Antonio Rosmini. Stresa, La Quercia, 1979. AUDI, R. – WAINWRIGHT, W. (Eds.) Rationality,
Religious Belief and Moral Commitment: New Assays in the Philosophy of religion.
Ithaca (NY), Cornell University Press, 1986.
[63] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 417, 148.
Cfr. AQUINAS, Th. S.
Th. III, q. IV, a. 5, ad 3.
[64]
ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O.
C., nº 419, 437, 439. Cfr. BESCHIN, G. La
concezione del mondo nella Teodicea di A. Rosmini en AA.VV. Perché il mondo piutosto che il nulla. Stresa,
Edizioni Rosminiane Sodalitas, 1996, p. 173-175. CAFFARENA GÓMEZ, J. – MARDONES,
J. (Coords.) Cuestiones epistemológicas.
Materiales para una filosofía de la religión. I. Barcelona, Anthoropos,
1992.
[65]
ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O.
C., nº 465. Cfr. MENKE, K-H. I contributi più importanti della
ricerca teologica su Rosmini en INSTITUTO TRENTINO DI CULTURA. Il pensiero di Antonio Rosmini a due secoli
dalla nascita”. Brescia, Editorial Morcelliana. 1999, Vol.II, p. 831-854.
[66]
ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O.
C., nº 466. Cfr. BADOLIN, A. (Comp.) Il
metodo della filosofia della religione. Padova, La Garangola, 1976.
[67] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 467. Cfr.
ALBERT, H. La miseria de la teología.
Barcelona, Alfa, 1982.
[68]
ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O.
C., nº 473. Cfr. PIOVANI, P. La teodicea sociale di Rosmini. Brescia,
Morcelliana, 1957. MICHELETTI, M. – SAVIGNANO, A. (Comp.) Filosofia
della religione. Indagini storiche e riflessioni critiche. Marietti, Genova, 1993.
[69] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 481.
[70] ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O. C., nº 508, 515,
535, 548.
[71]
ROSMINI, A. Teodicea. Libri Tre. O.
C., nº 476 nota 30, 691, 937.