Revue de la B.P.C.                                    THÈMES                                          VI/2002

 

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¿CÓMO SOMOS LOS ARGENTINOS?

 

Por William R. DAROS*

 

 

 

 

1.                  Los momentos de crisis constituyen un acicate para pensar sobre lo que somos, sobre los factores que nos fueron llevando a la crisis, sobre lo que pudimos o podremos ser. Una crisis (palabra procedente del verbo griego “krino”: separar, distinguir) marca un momento decisivo para esclarecer las ideas y tomar decisiones más lúcidas si nos fuera posible.

            Por cierto que no es fácil ser objetivo en los momentos de crisis. Por ello, conviene tomar como punto de partida y referencia nuestra historia relativamente reciente, insertos en iberoamérica, y considerar cómo nos han pensado quienes viviendo en la Argentina no fueron argentinos.

 

La identidad del ser iberoamericano

 

2.         El mexicano Leopoldo Zea, realizando una relectura de autores iberoamericanos, estima que lo típico del pensamiento filosófico, en estas lati­tudes, no ha consistido en filosofar en abstracto sobre la naturaleza del hom­bre. La identidad del americano la construye el americano sobre lo concreto y cotidiano.

 

“Si algo caracteriza a la preocupación por lo americano es, precisamente, esta conciencia de la accidentalidad de nuestra cultura y nuestro ser”[1].

 

            El europeo comienza a filosofar buscando el principio universal de las cosas y de los hombres. Los pensadores americanos creen ser como todos los hombres -como el hombre universal- porque está preocupado por lo con­creto y temporal. Lo concreto, la diversidad de lo concreto, manifiesta la esencia de lo humano, su realidad y humanidad concreta “que la pretendida universalidad del pensamiento europeo negaba a otros hombres”. El europeo, buscando al hom­bre en su esencia universal, perdía de vista a los hombres concretos.

 

3.         La conciencia de lo universal no es más que la conciencia de lo hu­mano en sus situaciones concretas. Lo esencial de la filosofía queda salvada, pues, en el americano sin que se pierda lo concreto.

 

“El problema de la filosofía en América es precisamente la conciencia de que su existencia es una existencia marginal”[2].

 

            Los europeos, comenzando por Hegel, no han podido ver en iberoa­mérica más que primitivismo, y han puesto en duda la humanidad del iberoa­mericano. América sajona, por el contrario, fue considerada rápidamente el futuro de la cultura europea. Muchos europeos, aún hoy, al hablar de Amé­rica, solo se refieren a los Estados Unidos de Norteamérica, los cuales pare­cen en­carnar la imagen ideal de la convivencia social y del confort material.

 

4.         Latinoamérica, por el contrario, durante casi todo el siglo XX, ha sido considerada como un pueblo aletargado, sin madurez, blando, en la etapa evolutiva del reptil, fuera del círculo geográfico de lo importante que sucedía en el mundo.

            El filósofo alemán Kéyserling considera a iberoamérica como un impá­vido contemplador de la Madre Tierra.

 

“Toda la intelectualidad autóctona es pasiva, e impasibles los rostros. La ex­presión impenetrable, sorda y ciega, pero al mismo tiempo, asechante y pre­ñada de amenazas, que allí muestran muchos más hombres de los que puede haber malvados; refleja la mirada de los anfibios y los reptiles de aquel conti­nente. Hasta el espléndido entusiasmo que a veces estalla con volcánica vio­lencia en el hombre sudamericano, tiene algo de reptil. Semeja el brusco im­pulso del ana­conda real, que después de lanzarse en un salto formidable vuelve en el acto a su entumecida apatía. Y la primera vez que allí encontré hombres de aspiraciones espirituales surgió espontáneamente en mi imaginación... el símbolo primordial mexicano: la serpiente alada”[3].

 

5.         Latinoamérica está enfocada en la Madre Tierra, aletargada, y no llega tomar conciencia de lo que ella es para ella misma y, por lo tanto, a tener identidad. Los hombres que, con heroísmo, forjaron su independencia fueron pocos, se educaron en su mayoría en Europa o absorbieron sus ideas, y fueron prontamente si no exiliados, olvidados. El resto siguió lidiando, in­termitente­mente entre ellos como los cuando se los molesta y se desea re­moverlos de su lugar.

            Latinoamérica ha parecido a los pensadores europeos un pueblo jo­ven, un nuevo mundo, “con un infantilismo orgánico incurable”, según la expresión de Antonello Gerbi[4]. Raramente -si exceptuamos al algunos pocos intelec­tuales- los europeos no hicieron gran esfuerzo por comprender a los iberoamericanos. Menos aún, por cierto, lo intentaron con los africanos, más cercanos a ellos. Lo que les interesó fue lo que pudieron llevarse de estas tierras, como ya la afirmaba Cristobal Colón en sus famosas cartas. A veces, justificaron su conducta con el pretexto de civilizarlos y dejarles a cambio ideas religiosas[5].

No es raro entonces pensar que la identificación del iberoamericano ha sido tarea difícil. Se le abrían dos cami­nos: o aceptarse como vencido, o imitar al vencedor por su poder pero envile­cido por su mezquindad. La tercera vía, la más dura, consistía en creer en su propio valer, en crear o revivir sus propios valores, no los de los hombres “cul­tos” europeos. Y eso es lo que hizo la mayoría callada de los iberoamericanos, viviendo en sus humildes chozas la alegría del sol diario, sin dejarnos grandes escritos o monumentos para recordación de su grandeza y cultura. Aquí yace la identidad oculta del iberoamericano, que tanto fastidia al europeo o al nor­teamericano que la tilda de indolente e improductiva.

            No hay ser que no tenga su identidad propia, como no hay A que no sea igual a A; quien no la ve es porque -cegado con la suya- no puede ver la ajena, o viéndola, la niega como tal. Pizarro y Cortez -paradigmas de los con­quistadores- no vinieron a contemplar las antiguas civilizaciones indias, sino a llevarse sus riquezas, con astucia, violencia y sangre, en nombre de la civiliza­ción europea. Difícilmente el iberoamericano podría identificarse con ellos, a no ser los que desearan ser como ellos.

 

6.         Pareciera que Norteamérica siempre supo lo que era y lo que quiso ser. Los padres fundadores norteamericanos vinieron buscando libertad, que­riendo dejar el yugo religioso inglés y deseando construir sus propias formas de vida sin imitar a nadie. Los conquistadores de América Latina, por el contrario, estaban preocupados por hacer fortuna, encontrar oro y obtener nobleza al llegar a España.

Los conquistadores en obtener encomiendas, mitas o yanaconazgos de indios y organizarles el trabajo. Aunque los reyes y algunos frailes y religiosos reconocieran el derecho a la libertad de los indios, estos fueron reducidos a servidumbre o esclavitud, en un ambiente de codicia, sangre y violencia. Desde sus inicios, los conquistadores y gobernantes de América Latina conocían las leyes, se notificaban de ellas, pero no las cumplían[6].

Si bien es cierto que América Sajona también esclavizó, en ella lo hicie­ron los particulares en función de sus intereses individuales; entre ellos las comunas (cuyos gobernantes eran elegidos con voto universal) fueron organi­zadas antes que el Estado. En América Latina, la esclavitud la organizaron los gobernantes y la utilizaron las instituciones incluso religiosas. En este último caso, se organizó primero el Estado, improductivo de por sí, pero autoritario y siempre deseoso de riquezas obtenidas por la fuerza de la conquista. Así se perfiló una identidad del iberoamericano “civilizado” en tanto y en cuanto po­día identificarse por su riqueza y autoridad social.

 

“Las famosas Ordenanzas de Toledo, sancionadas por el virrey Francisco de Toledo para el Perú en 1574, que rigieron en nuestro territorio aún después de la independencia, comienzan por reiterar la propiedad absoluta del Rey sobre los metales indianos: `Todos los minerales son propiedad de Su Majestad... y así los da y concede a sus vasallos y súbditos...´”[7].

 

            La identidad latinoamericana no está primeramente marcada por la con­tinuidad de la conciencia de sí, sino por la imagen que proyecta la posesión de riquezas, posesión que hace que cada uno sea lo que es. Está signada, desde Cristobal Colón, con una actitud feudal, y por un ansia desmedida de riquezas, obtenidas a cualquier precio, como un valor y primacía que está sobre todo otro valor y cosa.

 

“Cuando yo descubrí Indias -escribió Colón, desde Jamaica, en su carta de 1503, a los Reyes Católicos- dije que eran el mayor señorío rico que hay en el mundo. Yo dije del oro, perlas, piedras preciosas, especiería... El oro es excelen­tísimo; del oro se hace tesoro y con él quien lo tiene hace cuanto quiere en el mundo, y llega hasta que echa las ánimas la paraíso”[8].

 

7.         En relación con Norteamérica, los sudamericanos tuvieron, a través del tiempo, una conducta no unificada. Algunos (Sarmiento, Bello, Bilbao, Alberdi, por ejemplo) vieron en la América sajona lo que quisieran ser: un país libre, moderno e industriali­zado, no vuelto hacia el pasado europeo, sino mirando con imaginación y autonomía hacia el futuro. La filosofía positiva y pragmática parece ser una herramienta eficaz para lograrlo; pero en América Latina este positivismo se aplica a la política y no a la naturaleza física y material.

 

“Vamos a estudiar -afirmaba J. B. Alberdi- la filosofía evidente... no la filosofía aplicada a la teoría abstracta de las ciencias humanas, sino... la filosofía política... Es necesario ya de que aspiremos a cosas más positi­vas y prácticas”[9].

 

Mas, al final, América Latina fracasa en el intento de imitar a América Sajona aplicando el método positivo y pragmático, y hacer de nuestros hom­bres el “yankee hispanoamericano[10], porque sus preocupaciones eran más humanas y políticas que físicas y materialistas.

            Se inicia entonces una reacción de defensa contra América Sajona que ha iniciado su expansión en el mundo. América Sajona es entonces la América de la zanahoria y el garrote, de las discriminaciones de los negros y latinos, de los grandes negociantes que imponen tiranos en América Latina, como lo plasmó el uruguayo José Rodó (1872-1917) en la figura de Calibán (el mate­rialismo) y Ariel (lo espi­ritual).

            Mas la reflexión sobre la ausencia de conciencia latinoamericana no parece ser tan simple. Dentro de Latinoamérica está también el Calibán que permite ser subyugada desde el exterior y que no surja una conciencia de su propia capacidad (lo que le daría su propia identidad) sin necesidad de identifi­carse con otros que la alienan.

 

8.         Lo que ha sucedido, posiblemente, ha sido que América, tanto la Sa­jona como la Latina, han filosofado respondiendo a sus problemas: Los pro­blemas de los ideales prácticos, los del dominio de la naturaleza -y, para esto, también era necesario el dominio de los habitantes indios- (América Sajona); y los problemas de los prácticos idealistas: el dominio del poder polí­tico y cultu­ral de las ideas de la península ibérica y su aceptación o rechazo, y si era ne­cesario el dominio sobre los indios lo era -idealmente- para la evangelización y pacificación de los mismos; pero realmente para la adquisición y posesión de riquezas obtenidas por la fuerza de la conquista (América Latina). Para ambas Américas, con matices diversos, esos eran problemas concretos inminentes.

 

9.         Paradójicamente, pues, el hombre universal es el hombre que siempre está en un tiempo y en un lugar particular. Eso es lo que tiene el hombre, todo hombre, y, por ello, la preocupación por el hombre particular es la preocupa­ción por el hombre universal que distingue a la filosofía.

            Mas de esto se sigue que la identidad de los pueblos iberoamericanos está en no tener ninguna que lo marque como pueblo y hombre común a toda América Latina.

            En América Sajona, los individuos buscaron tejer un conjunto de rela­ciones sociales en las cuales ellos lograran obtener una relativa seguridad para dedicarse exclusivamente al logro de bienes en los cuales fincaban su felicidad. El americano del norte se va poniendo autolímites si esto le posibilita mayor seguridad y ampliar los intereses pragmáticos entre los individuos. Ellos, en su pragmatismo no pretenden asemejarse a nadie, ni a los franceses ni a los in­gleses; trata de ser lo que son: personas concretas con intereses concretos. Ellos estiman que la salvación la debe lograr el individuo con sus propios es­fuerzos; pero no creen que la salvación está en un solo individuo.

10.       Por el contrario, los iberoamericanos estiman que ellos, como indivi­duos, pueden llevar la salvación a otros que no posee esta capacidad. De aquí el aprecio por los conquistadores y liberadores. En América Latina, lo que im­porta al individuo “es destacarse sobre los otros, hacer de los propios fines el fin de los otros”[11]. Por ello, el surgimiento de los caudillos. Los demás se identifican en la personalidad del caudillo el cual unifica esfuerzos, pero no necesariamente ventajas sociales para todos. El culto a la personalidad hace sentir a los iberoamericanos cómodos con la autonomía personal de sus jefes amigos. Las personalidades se sienten capaz de prescindir de los demás, y la arrogancia es su distintivo. Por ello también, el caudillaje y las dictaduras pare­cen haber caracterizado a la identidad social de la América Latina, en gran parte de su historia.

            Los americanos sajones tienen conciencia de ser ello los que estable­cen o remueven las autoridades (las cuales están para asegurar la vigencia de los derechos de los ciudadanos). Los americanos latinos “no pueden observar con objetividad el pasaje de su ser a la sociabilidad”; tienen una situación con­flictiva con la autoridad, ante la cual solo cabe la sumisión o el rechazo y la evasión[12]. Si el iberoamericano no manda él mismo, no desea en absoluto a la sociedad; no percibe que ella se constituya por un bien común; y si debe ser solidario -porque así lo siente- evita que sea el gobernante el intermediario. El motivo es siempre el mismo: no puede identificarse racionalmente (mediante la justa aplicación de la ley que lo haga participe de un bien común) con la auto­ridad, sino solo con razones afectivas, de amistad-enemistad, según lo favo­rezcan o contradigan.

            A pesar de la organización piramidal y autoritaria del gobierno -y, qui­zás, precisamente por ello- se genera, en América Latina, una cultura de la evasión, del acatamiento (o sea, manifestar que se respeta la ley) y de su no cumplimiento o de su cumplimiento formal.

 

“El cumplimiento formal o exterior de la regla, pero violándola en realidad con subterfugios o dobleces... fue una constante especialidad de los funcionarios, como en el caso del Gobernador de Nicaragua, Rodrigo de Contreras, quien es­quivaba la prohibición de no tener más de 300 indios encomendados anotándo­los a nombre de parientes o amigos. Ya hemos dicho que llegó así a tener 30.000 aborígenes”[13].

 

11.       El culto a la personalidad genera un mundo estructuralmente inseguro, lleno de zozobras, a merced de la mirada del caudillo y de su mecenazgo. En consecuencia, las sociedades latinoamericanas son sociedades con relaciones de conveniencias, de parentesco, de amistad o enemistad. “Sociedades cuyas leyes y legislaciones no hacen sino encubrir situaciones de hecho que han sido originadas por voluntades concretas”[14]. En estas sociedades la burocracia legal es eludida por la “coima” o la “mordida”. Los funcionarios no vigilan el orden social, sino la relación concreta entre las personas. No investigan los delitos, sino a quienes denuncian un delito, sobre todo económico.

Pasada la fiebre del oro fácil, tras el cual recorrieron América Latina los conquistadores, y pasado el período colonial de asentamiento y letargo, los intelectuales sudamericanos ven en Europa países poblados y capitalizados con la industria. Nuevamente es el ansia de dinero lo que se pone por encima de las personas; nuevamente, casi por instinto latinoamericano, es el Estado que decide sobre los individuos. No pocos, mirando ese espejo, se identifican con él, y desean, con el fin de capitalizar, trocar el agro por la industria; y, sin esto no es posible, potenciar lo vendible del agro.

 

“Lo que llamamos nuestra riqueza natural, la riqueza de nuestro suelo, es el caudal de las cosas que sirven para la riqueza, después que reciban del trabajo humano un valor que les dé la capacidad de ser cambiados por otras cosas de valor cambiable igualmente.

Así lo que falta en América es la riqueza de Europa, porque la riqueza de Amé­rica está por crearse y existir. Esto significa la falta de capitales, que la Constitu­ción argentina manda llamar y atraer... El capital es esa clase de riqueza ocupada activamente en crear y producir otras riquezas”[15].

 

            En Iberoamérica, más que sociedades (regida por la ley) hay comuni­dades (con relaciones de amistad), nos encontramos con que cada hombre no es un hombre en abstracto, igual ante la ley, sino un hombre concreto con relaciones particula­res, personales, con los demás (amigo del presidente, del ministro, de la familia tal o cual, del estanciero con bienes también en las metrópolis europeas). Mas la desconfianza, la indiferencia y el escepticismo de los iberoamericanos le deben mucho a sus Estados, que prometen y no cumplen, que como padres prostituidos, con cinismo, exigen moralidad y respeto a sus hijos.

            Un partido no parece valer más que otro, sino por la conveniencia y cercanía con su jefe y sus beneficios reales o posibles. Lo que importa, pues, es la identidad de cada cual pero por referencia a las personalidades o caudi­llos, en cuanto parecen ser el único punto estable de referencia social. Nada, a parte de esto, es digno de tomarse en cuenta. En Norteamérica, las institucio­nes -por ejemplo, las universidades- están en función de capacitar a los indivi­duos para una tarea principalmente técnica, y sostenidas por los individuos particulares. En América Latina, en la lectura de L. Zea, las instituciones universitarias públicas son frecuentemente políticas, feudos de amigos o enemigos, y sostenidas en gran parte por las opciones políticas, centros de apoyo o de resistencia política. Ello no quita que asumieran primero el positivismo como marco filosófico que independizara las mentes, en búsqueda de objetividad y mesura[16]; y luego -defraudados por la apoliticidad del positivismo- esgrimieran la dialéctica -en la cual se encuadraría a la ciencia- como medio que uniera, en intentos teóricos de superación, los polos más contrarios.

            Por ello, no es de extrañar que la identidad individual del iberoamericano sea impensable sin la identidad social y política en la cual necesariamente se inserta, como marco referencial necesario.

 

12.       En las últimas décadas, no obstante, América Latina, ante los macros conflictos mundiales, ha buscado identificarse. Dos eran las grandes opciones: liberalismo norteamericano o socialismo ruso. Ante ellas, no pocos iberoamericanos levantaron las banderas del Tercer Mundo: socialismo humanista. La experiencia cubana del socialismo filorruso, realizada en el contexto del caudi­llaje de Fidel Castro, ha quedado cercada con el bloqueo continental y su expe­riencia no se ha expandido, no obstante el intento fallido del Che Guevara en Bolivia, por la presencia técnico-militar antiguerilla Norteamericana.

            La opción tercermundista, pues, por diversas causas -pero en particular por la presencia de golpes e intervenciones militares y por el consecuente acrecentamiento de la deuda pública y externa, nacional o nacionalizada- no pudo fraguarse en el continente iberoamericano y éste a quedado, en gran parte, -con la complicidad de los mismos sudamericanos- preso de los capitales extranjeros. Sus caudillos, queridos o no, pasaron al anonimato de las bolsas del comercio financiero y se han trasladado al extranjero. Una vez más, la po­sibilidades de lograr una identidad latinoamericana, reflexionando sobre si misma, ha quedado postergada. El empuje de la globalización de los estilos de vida y de la economía parece hacer más aceptable esa inevitable dependencia y postergación[17]. Sin embargo, esto se da con matices: México se aferra a Norteamérica y Canada, alejándose de los conflictos latinoamericanos; Brasil, a su vez, toma distancia de los países que hasta hace poco prometían constituir el Mercosur; Uruguay se distancia de sus dos vecinos, Argentina y Brasil, y apela al apoyo Norteamericano. Resurgen las individualidades que habían estado latentes por algún tiempo.

            Hoy ha desaparecido la posibilidad de elegir entre Rusia o Norteamérica. Los gobiernos militares iberoamericanos de la segunda parte del siglo XX inclinaron la balanza hacia Norteamérica. Las poblaciones iberoamericanas, sin embargo, parecen sentirse culturalmente más cómodas mirando a Europa, en donde encuentras sus raíces.

 

13.       Quizás nuestra identidad no puede surgir sino de nuestra capacidad para enfrentarnos a nuestros problemas y poder controlarlos, tomando conciencia de que sus dificultades no están solamente afuera, sino más bien dentro de ella misma.

El iberoamericano, conquistado, colonizado, y vuelto a ser dominado financieramente, ya no puede seguir creyendo que él es importante y que será salvado desde el exterior. Iberoamérica ha sido una región perisférica para la cultura y la economía mundial. Pero, además de todo ello, la apetencia de fortuna y posición social de la personalidad individualista iberoamericana lo convierte en un potencial enemigo de su vecino.

 

14.       Bajo la aparente y efímera sensibilidad para con el prójimo sufriente, el iberoamericano no es capaz de creer en el egoísmo que lo consume: no des­cubre en sí mismo lo que es el iberoamericano, se le escapa el alma interior. Aparentemente benévolo, cordial, jovial, paciente, se esconde para el mismo el egocentrismo inseguro de su ser, buscador de apoyo en los caudillos políticos, los cuales no son, por cierto, mejores que él mismo, aunque parezcan serlo[18].

            América Latina no llega a tener conciencia de su identidad social por­que no llega a tomar conciencia de la diferencia existente entre la apariencia y la realidad que ella es: de su gente, de sus intenciones, de sus aparentes y de sus secretas realizaciones, de las promesas proselitistas de sus líderes y de sus promesas siempre incumplidas, donde ha primado la corrupción de todas las instituciones y el amiguismo[19]. Desde la pobreza, empobrecidos por noso­tros mismos, nos espera la tarea de descubrir nuestra dura y cruel realidad y desde ella iniciar el proyecto de lo que podamos ser, sin identificarnos ya más con los otros, sean extranjeros o promesas de gobernantes caudillos. La amis­tad no es un justificativo para olvidarnos del egoísmo humano[20].

 

“Recién ahora se inicia una analítica de lo que realmente nos ocurre, y para esto habrá que sortear las contradicciones que los otros nos plantean”[21].

 

            Es por el sufrimiento y la enajenación, que impone la dominación, que el hombre termina por tomar conciencia de lo que es, de lo que ha llegado a ser, en una palabra, de su identidad[22]: de lo que es en el transcurso de su tiempo y de su espacio, de lo que ha debido cambiar y de la memoria que en él permanece de lo que ha sido y de lo que ha podido ser, si -como iberoameri­cano- se hubiese conocido mejor y cuidado mejor por sí mismo y desde sí mismo, uniendo a la libertad la responsabilidad, uniendo a sus sentimientos de amistad y solidaridad, el control de la gestión social, política y económica, realizada por sus caudillos de turno, tratando de suprimir la corrupción.

 

La identidad del ser argentino

 

15.       José Ortega y Gasset (1883-1955) nos ha dejado su modo de ver el ser típico de los argentinos y de la nación argentina en la que vivió repetida­mente. Ortega se referirá al hombre típico, que él encontró en las grandes ciu­dades Argen­tina, y quedan, por tanto, salvadas las excepciones, en particular, el modo de ser del criollo y del indio.

El argentino típico es el resultado de la mezcla del criollo con el emi­grante. Con la ola emigratoria cambia en sentido de Argentina: ella parece de­jar por un tiempo su letargo de relativa calma espiritual y vuelve a los motivos que tuvieron numerosos conquistadores: el argentum, el ansia de posesión y posición social que traen los emigrantes (desposeídos de bienes y desinteresa­dos de su historia)[23].

El emigrante tiene que construir su identidad, no desea volver la mirada hacia la que ha tenido: es un joven cuya vida psicológica y social comienza cuando pisa América.

Este emigrante argentinizado, según Ortega es identificable con la cir­cunstancia de su tierra y de su tiempo, con los cuales interacciona. El hombre construye su identidad proyectándose primeramente al exterior, identificán­dose con algo (la Pampa) y con alguien (el emigrante). Sobre esas dos identi­ficacio­nes primeras, el argentino de las grandes ciudades construirá su propia ima­gen.

 

16.       Ahora bien, la tierra típica del argen­tino es definida por la Pampa, por esa planicie inmensa sin confines, por el paisaje abierto. En ella, lo que más se nota es lo lejano, paradójicamente, lo más abstracto. El argentino típico se identifica con la grandeza abstracta y prometente de su tierra, y se hace una imagen de sí mismo acorde a esa semejanza: su imagen de diluye en su gran­deza y queda reducida a incumplida promesa.

"En la Pampa no hay nada particular que interese"[24]. La Pampa -esos mil kilómetros de llanura húmeda y fértil- se mira comenzando por su fin o confín. Aquí el lugar no radica en una locación rí­gida. La Pampa tirita su ilimitada extensión, prometiendo un fin que retrotrae para quedarse en promesa.

 

 "Acaso lo esencial de la vida argentina es eso: ser promesa, Tiene el don de po­blarnos el espíritu con promesas, reverbera en esperanzas como un campo de mica en reflejos innumerables. El que llega a estas costas ve ante todo lo de después... La Pampa promete, promete, promete... Hace desde él hori­zonte ina­gotables ademanes de abundancia y concesión. Todo vive aquí de lejanías y desde lejanías. Casi nadie está donde está, sino por delante de sí mismo... La forma de existencia del argentino es lo que llamaría el futurisrno concreto de cada cual... Cada cual vive desde sus ilusiones como si ellas fue­sen ya la reali­dad"[25].

 

17.       Sobre la coordenada del espacio, el tiempo histórico condicionó la identidad del ser del argentino típico. Por esto, no se olvide lo esencial: la so­ciedad argen­tina se ha hecho y vivió -aún hasta el tiempo en que nos visi­tara Ortega- de la emigración española, italiana, galesa. Miles y miles de hombres llegaron a estas costas con "un feroz apetito individual, anormal­mente exentos de toda interior disciplina". Llegaron gentes que se desmem­braron de sus so­ciedades nativas en las que sin darse cuenta, se habían esta­bilizado e inte­grado. Al llegar aquí, el emigrante se ha convertido en un ser abstracto, abs­traído de su tierra, "que ha reducido su personalidad a la exclu­siva mira de hacer for­tuna". Es este un motivo más que justifica la identidad abstracta del argentino, solo concretada en el interés de “hacerse la Amé­rica”. Aunque en otras tierras los hombres deseen también hacer fortuna, este deseo está me­diatizado por otras muchas normas y aspiraciones mile­narias. En la Argentina, estas aspiraciones quedan deprimidas y se vive libre, audazmente el deseo de hacer fortuna. Esta audacia pone en peligro (por una competitividad feroz y carente de pautas objetivas y morales) la seguri­dad de la situación del argen­tino.

 

 "La causa decisiva es psicológica y consiste, a mi juicio, en que dentro de cada individuo -no en la objetividad de los hechos económicos- ocupa el afán de ri­queza un lugar completamente anómalo. Esta exorbitación del apetito eco­nómico es característica inevitable en todo pueblo nutrido por el torrente migra­torio.

Hay, pues, una relativa justificación para la defensividad del argentino. La por­ción de riqueza o posición social, el rango público de cualquier orden que un in­dividuo posee está en constante peligro por la presión de apetitos en torno, que ningún otro imperativo modera. Donde la audacia es la forma coti­diana del trato, es forzoso vivir en perpetua alerta"[26].

 

18.       El argentino no se dedica primeramente a vivir la vida (como lo hacían el indio y el gaucho), sino a hacer fortuna y defenderse. Sólo puede identificarse por lo que posee, no por lo que es: la riqueza y la posición social le dan una seguridad relativa y le permiten identificarse con lo que tiene. Es lo que tiene; de allí que necesite tener siem­pre más para ser más. El indígena y el criollo no tenían este deseo, inyectado en el argentino por el emigrante europeo[27]. Por ello, no está nunca total­mente en donde nos parece que está. Sus gestos y palabras son "solo fa­chada"[28]; su intimidad y autenticidad se nos escapa: no parece tener identidad. Aquel hom­bre presente ante nosotros, está en realidad ausente. El argentino no se aban­dona, vive constantemente en un estado de asedio. Su inseguridad refleja un clima donde nadie tiene un ser social seguro y debe constantemente hacer valer sus títulos: "Hágase usted bien cargo de que yo soy nada menos que...". "Está usted ignorando que yo soy una de las principales figuras de..." El ar­gentino muestra su posición social como si fuese un monumento. En vez de vivir activamente eso que pretende ser, se coloca fuera de ello y se de­dica a mostrarse y a reasegurar los títulos que posee o cree poseer.

            La identidad se da en el “Yo” y el yo es el que decide sobre sus actos y sobre lo que desea ser y parecer: construye su identidad.

 

“ `Mis´ impulsos, inclinaciones, amores, odios, deseos, son míos, pero no son `yo´. El `yo´ asiste a ellos como espectador, interviene en ellos como jefe de policía, sentencia sobre ellos como juez, los disciplina como capitán”[29].

 

19.       El yo de los argentinos típicos ha tenido que buscar su identificación aceleradamente; no la han podido gestar desde dentro; arrollados por la emi­gración, se han identificado con lo que desean ser poseyendo.

Argentina ha tenido que asumir la civilización del mundo actual con una aceleración histórica. El desarrollo, la extensión y riqueza de esta tierra ha obli­gado a crear nuevas instituciones sin poder preparar a las personas para sus funciones, sin que estas personas pudiesen elaborar sus valores y sus méritos e identificarse de otras personas. En Europa se crea, por ejemplo, una cátedra nueva cuando hay alguien preparado para ello; en Argentina se invierte el or­den: "las cátedras, los puestos, los huecos sociales surgen antes que los hom­bres capaces de llenarlos"[30]. De este modo se hizo normal que cualquiera, aún con la más insuficiente preparación, ocupase cualquier puesto. No ha sido posible identificar al argentino por lo que es, porque no ha definido su ser; cada argentino no se ha creado una identidad propia, con valores y cualidades que lo hacen irrepetible.

 

20.       "Esta sociedad no se ha habituado a exigir competencia". En conse­cuencia, cada cual sabe que no debía ser lo que es, y a la inseguridad social se añade la inseguridad íntima, carente de identidad positiva, por lo que se fun­damenta que el hombre argentino esté a la defensiva: sólo sabe que no es lo que parece ser o desea aparentar. De aquí que el argentino necesite de la fa­chada, del gesto convencional e insincero para hacer creer a los demás y de paso convencerse a sí mismo.

El argentino no tiene identidad individual incambiable ni una necesidad interna de ser lo que es y, en consecuencia, no posee preparación ni adhe­rencia social para lo que hace. Precisamente porque el argentino no es autén­ticamente -por sí mismo- lo que pretende ser, necesita hacerlo constar. No obstante, el hombre argentino no suele estar mal dotado, sino que no se ha entregado nunca a la actividad que ejerce, no la considera nunca como defini­tiva.

Todas sus actividades, por una parte, están asechadas por la compe­tencia desleal generalizada y, por otra, las considera a todas ellas como las etapas transitorias para lo único básica­mente interesante: "su avance en for­tuna y jerarquía social"[31]. En Argentina es frecuente que la persona deba vivir los más heterogéneos avatares y que deba estar preparado para todo -y para nada efectivamente- a fin de sobre­vivir.

Ser uno mismo, tener identidad y gozar con ella, no es tarea fácil; más placentero suele resultar hacer descansar la identidad no en sí mismo, sino el lo poseído.

 

“El hombre que siente la delicia de ser él mismo, siente a la vez que con ello comete un pecado y recibe un castigo... Todo hombre y toda mujer que llegó a la madurez sintió en una hora ese gigante cansancio de vivir sobre sí mismo... Es como si al alma se le fatigasen los propios músculos y ambiciones reposar al borde del camino”[32].

 

            Se diría que el argentino típico vive “fuera de sí”, instalado en una tie­rra prometida; por ello carece de sí mismo y de identidad interna, propia, irre­nunciable. “Encuentra, en rigor, el vacío, el hueco de su propia vida”[33]. Es estas condiciones no es pensable una identidad ni personal ni nacional.

 

21.       Como la Argentina ha tenido que seguir creciendo aceleradamente, presenta paradójicamente ciertos rasgos de relativa madurez y otros propios de un primitivismo inesperable, fases de brillante inteligencia y desarrollo, junta­mente con otras de irracional sentimentalismo, violencia e involución.

El Estado argentino no escapa a esta descripción. En parte es causa y en parte efecto del modo de ser de los argentinos. En Argentina, existe una valoración hipertrófica, anormal, desmesurada del Estado. Hay dema­siado in­tento de organiza­ción, demasiado Estado y poco sociedad nacional. Ha he­cho de "la política el centro de su preocupación". El Estado se ha con­vertido en una máquina formidable, eficiente y ejecutiva que difícilmente resiste la tenta­ción de usar su poder cuando tropieza con algún problema "y siempre que la porción dominante de ciudadanos desea que las cosas pasen de este o el otro modo". En otras palabras, el Estado se convierte en un "gigantesco arte­facto autoritario" que obtiene sin oposición lo que desea, tentado de co­rrupción.

 

22.       Esta nación, tras las experiencias del bolchevismo y del fascismo, no ha querido aprender la lección del intervencionismo y del autoritarismo del Es­tado[34]. Es más, por un lado, el Estado ha estimulado la audacia de los argen­tinos administrando la promesa de seguridad y estabilidad, y generando, por otro lado y de hecho, la inestabilidad con su frecuente intervencionismo auto­ritario. El argentino se halla solo en la competencia y a la defensiva para con los demás, y a veces para con el Estado. No existe, en consecuencia, un es­fuerzo por coparticipar en la búsqueda de un bien común dinámica­mente es­table.

 

 "Los oficios y puestos o rangos suelen ser, como he indicado, situaciones ex­ternas al sujeto, sin adherencia ni continuidad con su ser íntimo. Son posi­cio­nes, en el sentido bélico de la palabra, ventajas transitorias, que se defien­den mien­tras facilitan el avance individual. Esto da irremediablemente un ca­rácter extrín­seco y frívolo a la relación entre el individuo y su situación. El in­dividuo que es periodista, o industrial, o catedrático, no lo es ante sí mismo y para sí mismo; no lo es irrevocablemente, no ve su profesión como su destino vital, sino como algo que ahora le pasa, como mera anécdota, como papel. De este modo, la vida de la persona queda escindida en dos: su persona auténtica y su figura social o pa­pel. Entre ambas no hay comunicación efectiva... El mismo no comunica con­sigo... La estructura pública de la Argentina fomenta ese dua­lismo del alma indi­vidual"[35].

 

23.       El argentino es un pueblo joven; al argentino, la vida le parece un puro afán que se consume a sí mismo sin llegar a su logro; como un no pa­rar de hacer cosas y, a la par, una impresión de no tener qué hacer, de vivir una vida con pobre programa. Eso pasa a los jóvenes y ¿de cuándo ha sido para el jo­ven agradable ser joven? La juventud agrada a los viejos que la ven desde afuera. El joven se siente habitado de angustias, de melancolías, de apetitos indecisos, porque tiene intactas sus posibilidades, y no es aún nada de he­cho[36].

El argentino típico no tiene puesta su vida espontáneamente en nin­guna profesión; ni siquiera se abandona a los placeres que lo sacarían de sí. Su vida no es una misión y es superlativamente frívolo, superficial, con frecuencia poco serio profesionalmente, sin identidad profunda. No se trata de un egoísmo congé­nito sino de una adherencia a "la idea que él tiene de su persona". El egoísta vive sin ideal; el argentino, por el contrario, vive de la figura ideal que de sí mismo posee y que la nación le ofrece al nacer. La tradición gloriosa de sus héroes, liberta­dores de América, otorga al individuo que nace una fe ciega en el des­tino glorioso de su pueblo. Por ello, "da por cumplidas ya todas las grandezas de su futuro". El argentino tiene, desde su escuela inicial, una unión casi mís­tica con sus grandes hombres, y luego con sus caudillos, antiguos o moder­nos, con los que se identifica. Pero la imagen idealizada -frecuentemente por conveniencias- tiene una estructura estática: no es una fuerza que lleve a la realización personal, sino una idea fija que ya tiene y en la que se place.

 

24.       Paradojalmente, el argentino, incansable y realista buscador de for­tuna es, a su vez, un incansable idealista que vive de lo que cree que puede ser -un gran escritor, por ejemplo-; pero no se preocupa en serio por serlo efec­tivamente. "El argentino típico no tiene más vocación que de ser ya lo que imagina ser"[37].

Casi siempre la relación social es perisférica, regulada por el principio “No te metás”. El argentino casi no se conoce, porque vive más de lo que quiere ser que de lo que realmente es. Y lo que quiere es fortuna y posición social: Ser doctor, ser Estanciero, Ganadero.

El argentino es narcisista: lo lleva todo consigo, la reali­dad, la imagen y el espejo. De aquí su excesivo cuidado en el aseo y el re­pulimiento en el vestir. No solo desatiende a los demás, sino que llega a desa­tender su propia vida real, para vivir de su imagen, para su personalidad se­creta, para su fantasma íntimo. De aquí su ilimitada susceptibilidad cuando alguien no lo reconoce como él imagina ser. Entonces el argentino buscará su reconocimiento recu­rriendo incluso al guaranguismo para poder creer en sí. Mas esto constituye una expresión de la fuerza vital de un pue­blo joven, en vías de realización y educación, de un fabuloso dinamismo que posee la Ar­gentina y que nada ni nadie podría suplir cuando se decida a vivir en grande.

            El consejo que daba Ortega era entonces:

 

”¡Argentinos a las cosas, a las cosas! Déjense de cuestiones previas perso­na­les, de suspicacias, de narcisismos... de vivir a la defensiva, de tener traba­das y paralizadas las potencias espirituales, que son egregias: su curiosidad, su suspi­cacia, su claridad mental secuestradas por los complejos de lo perso­nal”[38].

 

            La “política ha sido el centro de su preocupación” ante un Estado que -en su deslealtad- no da confianza[39]. Por otro lado, no hay peor manera de no mejorar que creerse óptimo. Habrá que abandonar la valoración hipertró­fica del Estado y de sus promesas, y comenzar a ser uno mismo. Tras la fa­chada del argentino, “notamos -afirmaba Ortega- falta de autenticidad”: falta ser uno mismo desde el fondo vital íntimo[40].

 

Observaciones conclusivas

 

25.       Cuando nos ponen un espejo delante del rostro, esto resulta ser una ayuda, pero nos exige grandeza y fuerza de voluntad para poder vernos en él, sobre todo porque es la realidad misma que se nos espeja.

            Creo que somos un pueblo joven, un adolescente mimado por la generosidad de la tierra que estima saberlo todo, poder criticarlo, estimarse por ello mismo el mejor, sin haber aún enfrentado la dureza de la vida. La tierra generosa le ha dado al argentino una vida relativamente fácil. Pero ahora es tiempo que el adolescente reconozca que debe poner lo suyo, debe ser realista; no solo debe criticar y narcisistamente mirarse a sí mismo, sino ponerse en acción con un rígido control de sus acciones sí y las del Estado, crítico de las finalidades y de los medios.

 

26.       El argentino, en general y con los límites que encierra toda comparación, tiene actitudes de adolescente. Sabemos que esas actitudes son desconcertantes para los adultos y lo serán ciertamente para los pueblos adultos.

            El adolescente no sabe aún lo que es ganarse la vida. No conoce realmente las reglas de la economía: ni la básica, esto es, que no puede gastar más de lo que produce. El adolescente vive de sus padres, como el argentino de sus próceres y de sus abuelos inmigrantes; pero no ha adquirido ni heredado las costumbres de éstos. Se estima muy astuto cuando vive “de prestado” (bastaría recordar los discursos del ministro de economía Martínez de Hoz en la época de la dictadura militar). El Estado mismo se acostumbró al dinero fácil o ha hacer miles de trucos para justificar sus necesidades, sin planificar ordenada y trabajosamente la vida. Las ideas de planificar y ahorrar previendo la seguridad social del futuro de sus ciudadanos ha estado ausente por más de medio siglo, apresurándose el Estado a poner la mano en la caja de la previsión social de los ciudadanos para justificar cualquier otra necesidad política. Hoy los ciudadanos, después de haber aportado durante toda su vida, se hallan, en su vejez, abandonados social y sanitariamente a la suerte de sus hijos. Éstos a su vez son reprimidos cuando salen a cortar rutas pidiendo poder trabajar y comer.

            Como un adolescente, el argentino puede ser contradictorio. Puede sentirse generoso y dar hasta lo poco que tiene, y puede, también por el contrario, cerrarse en su egoísmo y evadir la realidad de su prójimo discutiendo u opinando sobre las causas de las situaciones de las que él se estima ajeno.

 

27.       Como adolescente, el argentino no sabe a qué atenerse, si a los afectos o a la razón. Sus elecciones (sociales, políticas) son frecuentemente afectivas. Los demagogos de turno lo saben y más que ideas, proponen vacuos slogans como banderas para seducir votos y prosélitos. No es raro que, en este clima, la violencia se haga presente en los encuentros de opiniones. Salvadas algunas excepciones, de hecho, se instaura la guerra de los pobres contra los pobres, porque las mismas instituciones sindicales -como casi todo- se compran y se venden en una sociedad corrompida en sus instituciones.

            Como adolescente, el argentino no comprende por qué los demás no lo comprenden o tomas distancias ante sus conductas. Se cree entonces víctima y suele encontrar siempre algún victimario, más fácilmente fuera del país que dentro del mismo. Es difícil aceptar para el argentino, que el argentino mismo es parte importante del problema.

 

28.       Como adolescente, el argentino no está totalmente errado en sus percepciones. Porque como adolescente, los argentinos son curiosos e imaginativos; han viajado por el mundo o no han dejado de informarse sobre las otras formas de vida.

            Por ello, advierte las reales riquezas de su tierra y algunas cualidades humanas del argentino. Advierte que se halla en un país con treinta y seis millones de personas de las cuales actualmente la mitad se halla bajo las línea standard de pobreza, teniendo un potencial de producción para alimentar a trescientos cincuenta millones de habitantes.

 

29.              Como adolescente, el argentino ve una realidad que no llega a comprender y percibe que los “adultos de la política” intentan ocultársela. Hojeando su historia, el argentino sabe que ha vivido tiempos difíciles también en el pasado; que ha cursado gran parte de su historia con deudas externas agobiantes y prolongadas; que ha padecido devaluaciones de su moneda y marginaciones mientras la oligarquía (agropecuaria primero, comercial luego y finalmente política) visitaba los grandes salones de las nobles familias europeas.

Esa misma, y casi cíclica, repetición de su historia de recursos a intervenciones extranjeras en lo económico y de intervenciones militares en lo político, ha dejado al argentino común casi al margen de las propias decisiones. El argentino, como el adolescente, no ha aprendido aún a tomar sus propias y reales decisiones. Casi inconscientemente cree creer en un destino superior a sus decisiones. La caída en descrédito de todas las macroinstituciones (legislativas, judiciales -incluida la cuestionada Suprema Corte de Justicia de la Nación-, ejecutivas, sindicales, financieras incluso con prestigio extranjero que solo protegieron a los fuertes) hacen que el ciudadano argentino común y trabajador -“el ahorrista”-, se sienta solo, traicionado, utilizado, abandonado: más aún eufemísticamente “acorralado” (con la confiscación -en la práctica- de sus ahorros y la reducción arbitraria de sus salarios) por parte de quienes debían darle seguridad institucional. Las fuerzas vitales individuales decaen ante la mole del imperio devastador. Inocentemente los argentinos ahorristas hacen sonar las cacerolas, por semanas y por meses, con calor o con frío. Las entidades financieras se protegen con chapas y hierros ante esas demandas; el mismo Congreso de la Nación hace un vallado para defenderse, encerrado en sus privilegios, de sus ciudadanos que reclaman justicia. Se ha roto el pacto social. Esta sociedad actual es solo un caparazón que funciona aparentemente por inercia. Evidentemente se están rompiendo las redes sociales: no se puede ser socio de alguien en quien no confías. En esta insociable sociabilidad, se instala el temor, la angustia, y ante la miseria se pierden los valores humanos.

Triste figura la de una población avasallada por la corrupción prolongada e institucionalizada. Ha sido esta una población que, por un siglo, ha tenido que elegir siempre a sus gobernantes como al mal menor entre una lista de candidatos nada aceptables. Es sabido que la acumulación de males menores no genera un buen gobierno.

 

30.       El hambre se ve en las calles, bajo la figura de grandes grupos humanos recorriendo y recogiendo los restos de basura, mientras a pocos kilómetros se ven mecer los trigales dorados, los radiantes girasoles, los ilimitados campos verdes de soja de la pampa argentina. Ciertamente Argentina es un país con gran potencial, como lo es todo adolescente, pero es un país con la mayor inequidad en la distribución de las riquezas de iberoamérica.

El hambre puede ser un buen medio para comenzar a pensar realistamente, pero no es, sin embargo, necesariamente una condición suficiente. El clientelismo actual (un millón de subsidios de 30 dólares mensuales para los padres o madres de familia sin trabajo), resulta ser insuficiente, donde la canasta familiar de una familia tipo implica un gasto mensual de 400 dólares. Este clientelismo, gestado por los caudillos de turno, apaga el hambre inmediato de no pocos menesterosos; pero con sutiles mecanismos exige eximirse del pensar y apoyar políticamente a quien les da de comer. Mas sin la generación producción, de trabajo, de sentido digno de la vida humana, de respeto por la ley, el populismo es solo consumo. Es dar pescado y no enseñar a pescar. Este peligro es real y es la prolongación de una agonía.

La situación creada, por factores internos y externos poco claros, es delicada: un organismo debilitado puede ser presa fácil para quienes están al acecho. ¿Se requerirá un “gran padre” o “gran hermano” para este pueblo adolescente; o este adolescente, en un avatar esplendoroso, se transformará finalmente en un pueblo adulto? Los problemas humanos y sociales nunca son simples; frecuentemente tienen una raíz inhumana y antisocial, porque son radicalmente inmorales.

 

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* Professeur à l'UCEL, chercheur au CONICET,  Rosario, Argentine

 

 



[1] ZEA, L. La esencia de lo americano. Bs. As., Pleamar, 1971, p. 16.Cfr. ZEA, l. La filosofía americana como filosofía sin más. México, Siglo XXI, 1986, p. 13.

[2] ZEA, L. La esencia de lo americano. O. C., p. 19. Cfr. ZEA, L. Filosofía latinoamericana. Mé­xico, Trillas, 1997.

[3] KÉYSERLING. Meditaciones sudamericanas. Madrid, 1931. Cfr. ZEA, L. La esencia de lo ameri­cano. O. C., p. 23.

[4] Cfr. GERBI, A. Viejas polémicas sobre el Nuevo Mundo. Lima, 1946.

[5] Cfr. De IMAZ, L. Sobre la identidad iberoamericana. Bs. As., Sudamericana, 1984, p. 71.

[6] “El papa Pío IV debió prohibirles (a los monjes y prelados) que volvieran a España con riquezas” (GARCÍA HAMILTON, J. Los orígenes de nuestra cultura autoritaria e improductiva. Bs.As., Albino y Asociados, 1990, p. 45, 38).

[7] GARCÍA HAMILTON, J. Los orígenes de nuestra cultura. O. C., p. 77.

[8] COLON, C. Diarios. Relaciones de viajes. Madrid, Espasa, 1985, p. 220.

[9] ALBERDI, J. B. Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argen­tina. Bs. As., Centro Editor de América Latina, 1971, p. 162.

[10] ALBERDI, J. B. Bases. O. C., p. 50.

[11] ZEA, L. La esencia de lo americano. O. C., p. 62.

[12] Cfr. MAFUD, J. Psicología de la viveza criolla. Bs. As., Distal, 1998, p. 71.

[13] GARCÍA HAMILTON, J. Los orígenes de nuestra cultura. O. C., p. 132.

[14] ZEA, L. La esencia de lo americano. O. C., p. 66.

[15] TERÁN, O. (Ed.) Alberdi Póstumo. Bs. As., Puntosur, 1988, p. 143. Cfr. ALBERDI, J. B. Escri­tos póstumos de Juan Bautista Alberdi. Bs. As., Imprenta Europea, 1895, Vol. I: Escritos Econó­micos, p. 481.

[16] Cfr. ZEA, l. La filosofía americana como filosofía sin más. O. C., p. 25. SOLER, R. El positi­vismo argentino. Bs. As., Paidós, 1988. KORN, A. Influencias filosóficas en la evolución nacional. Bs. As., Solar, 1989.

[17] Cfr. AA.VV. Trabajo e identidad ante la invasión globalizadora. Bs. As., Edic. Cinco, 2000. DIETRICH, H. La crisis de los intelectuales. Identidad nacional y globalización. Bs. As., Editorial 21, 2000. ETXEBARRÍA, F. -JORDÁN, J.- SARRAMONA, J. Identidad cultural y educación en una sociedad global en NOGUERA, E. (Ed.) Cuestiones de antropología de la educación. Barcelona, CEAC, 1995.

[18] Cfr. SANTILLÁN GÜEMES. R. Cultura, creación del pueblo. Bs. As., Guadalupe, 1995, p. 42.

[19] Cfr. SCANNONE, J. (Ed.) Sabiduría popular, símbolo y filosofía. Diálogo internacional en torno de una interpretación latinoamericana. Bs. As., Guadalupe, 1994.

[20] SCALABRINI ORTIZ, R. El hombre que está solo y espera. Bs. As., Plus Ultra, 1993, p. 32.

[21] KUSCH, R. Esbozo de una antropología filosófica americana. Bs. As., Castañeda, 1989, p. 103.

[22] Cfr. ZEA, L. Filosofía de la historia latinoamericana. México, FCE, 1997, p. 73.

[23] En 1869, Argentina tenía una población de 1.737.000 habitantes y, en 1914, era de 7.885.000. En ese momento, más del 30% de la población era extranjera.

[24] ORTEGA Y GASSET, J. Obras Completas. Madrid, Alianza, 1983, II, 638. Empleare­mos esta edición para referirnos a los escritos de Ortega. En adelante, los números romanos indicarán el volumen de esta edición y los arábigos las páginas. DAROS, W. El ser del argentino típico, según Ortega y Gasset en La Capital, 9/11/85. DAROS, W. Racionalidad, ciencia y relativismo. Rosario, Apis, 1980, p. 75-83.

[25] II, 638, 651.

[26] II, 651, 642.

[27] VIII, 442, 444. Cfr. OCAMPO, V. Mi deuda con Ortega en Testimonios. Bs. As., Sur, 1957.

[28] II, 648.

[29] II, 463.

[30] II, 653. Cfr. STORNI, F. Las exigencias de la democracia, autonomía y pluralismo en ACADE­MIA NACIONAL DE EDUCACIÓN. Ideas y propuestas para la educa­ción argentina. Bs. As., Aca­demia Nacional de Educación, 1989, p. 49-66.

[31] II, 653. Cfr. BELTRÁN, J. Educación de personas adultas y emancipación social en Educación y Sociedad, 1993, n. 12, p. 9-27.

[32] II, 470.

[33] II, 639.

[34] II, 645-646.

[35] II, 654.

[36] VIII, 402.

[37] II, 659, 657.

[38] VIII, 390; II, 662. Cfr. ABELLÁN, J. Ortega y Gasset y los orígenes de la transición democrá­tica. Madrid, Espasa, 2000. AZCUY, E. y otros. Identidad cultural, ciencia y tecnología. Aportes para un de­bate iberoamericano. Bs., As., García Cambiero, 1987.

[39] II, 645. FRUTOS, E. La idea de hombre en Ortega y Gasset en Revista de Filosofía, Madrid, 1957, nº 60-61, p. 35-38.

[40] II, 648.