Revue de la B.P.C.                         THÈMES                                        II/2001

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EL HOMBRE ANTE LA NATURALEZA

 

(La Revolución de las Manos)

 

por Olsen A. Ghirardi[1]

 

 

 

 

A.      La naturaleza y el hombre.

B.       El cerebro y las manos.

C.       La segunda naturaleza.

1.       Saber y poder.

2.       La acumulación de trabajo.

 

D.      La revolución de las manos.

1.       La ruptura del equilibrio.

2.       El ser total del hombre.

3.       La justicia.

 

 

A.      LA NATURALEZA Y EL HOMBRE

 

La palabra Naturaleza se impone siempre al deslizarse en el vocabulario y, a veces, tiende un lazo al hombre que la utiliza, dejando asomar un trasfondo que va mucho más allá de la intención que ha tenido al utilizarla. Y esto, lógicamente, tienta a develar un misterio. Hay expresiones como éstas: el dominio de la Naturaleza, las leyes de la naturaleza, la historia de la naturaleza, la observación de la naturaleza, el concepto de la naturaleza. La primera meditación que nos asalta ante tales usos es si nos estamos refiriendo a la Naturaleza en cuanto tal, o si, por razones de método, estamos trabajando tan sólo con una idea  de la Naturaleza.

Al respecto no cabe ninguna duda que muchas veces, tanto el filósofo, como el hombre de ciencia, incluso el hombre común, hacen referencia a la Naturaleza como entidad. Y aun cuando contemos con la proximidad del diálogo, de hecho la maraña de los diversos significados subsiste. Trabajamos, pues, con un supuesto que nos lleva a plantear las siguientes interrogaciones: ¿Qué hay detrás de los sucesivos conceptos que el hombre ha tenido de eso que denomina Naturaleza? ¿Qué es eso de pensar la Naturaleza? ¿Cuándo y porqué el hombre toma conciencia de ser algo distinto de ella? ¿Qué es eso de estar creando algo nuevo en el mundo en base a elementos que toma de la Naturaleza? ¿Cuál es la consecuencia de todo esto?.

Pareciera que los conceptos están empañando el cristal de nuestra ventana y que la multitud de interrogantes mueve a una mayor confusión. Sea cual fuere la solución, lo cierto es que debemos abandonar la cómoda posición de observar las cosas a través de un cristal empañado. El resultado a veces, importa relativamente, puesto que la actitud mental es ya un resultado en sí mismo.

En un sentido muy amplio, la Naturaleza es el conjunto de todas las cosas que nos rodean y que no han sido hechas por el hombre. De manera muy lata, la voz que tratamos nos acerca a universo y a cosmos. Sorprendidos  el filósofo y el hombre de ciencia también gozan del privilegio del hombre común, y la Naturaleza se aparece ahí, como una multitud de cosas, que, sin embargo, tienen un cierto orden.

Siempre que avanzamos de manera muy lenta, en este terreno inhóspito y desconocido, es bueno preguntar a la ciencia cuándo se originó esto que llamamos Naturaleza. Aquí los conceptos comienzan a jugar con su carga de sentido; nos resulta más fácil preguntarnos por el origen del universo que por el origen de la Naturaleza. Y bien: ¿Cuándo se originó el universo?. Si remontamos el curso del tiempo, la ciencia moderna nos asegura que el universo se originó hace trece (13) o quince (15) mil millones de años. Nuestra humilde tierra se habría formado hace unos 4.500 (cuatro mil quinientos) millones de años.

Por su parte, el llamado Homo sapiens  aparece en el período final de nuestra perspectiva, hace aproximadamente de uno a tres millones de años. Comparando las mencionadas estimaciones temporales podemos asegurar que el hombre es un infante; que acaba de nacer. No obstante, como ocurre con cada uno de nosotros, nos resulta imposible saber con certeza, por nosotros mismos, cuál es exactamente el día del nacimiento. En efecto, ¿cuándo aparece el hombre? ¿Porqué fenómeno podemos darnos cuenta y afirmar seriamente que el hombre ha nacido en tal época?.

La tendencia pareciera vincular el acto de fabricar cosas con la aparición del hombre. Este fenómeno nuevo en la Naturaleza, que es el hombre, surge, así, cuando un ser adquiere la capacidad de hacer cosas nuevas. Hay una diferencia indudable entre almacenar y fabricar; y hay una diferencia mayor entre hacer cosas siempre de la misma manera, con un esquema predeterminado, y la aptitud de hacer siempre cosas nuevas, conforme las circunstancias cambiantes lo requieran.

El hombre aparece cuando un bípedo comenzó a fabricar utensilios. Este bípedo habría aventajado muy pronto a otros semejantes que se limitaban a utilizar simplemente objetos naturales. Aquí surge, sí, un nuevo animal natural con características singulares. No estamos muy seguros que el Homo sapiens haya sido, antes que tal, Homo faber. Las prioridades temporales naufragan aquí en simples conjeturas, no obstante que puedan apoyarse conclusiones opuestas en fatigosas argumentaciones metafísicas.

¿Qué ha hecho que el hombre, que este nuevo animal, comenzara a fabricar herramientas,  a fabricar objetos nuevos?. Y si su primera actividad, su acción devenida realmente original fue la de fabricar cosas ¿cómo ello ocurrió así?. ¿Fue un proceso inicialmente consciente, o, por el contrario, el inicio de una larga etapa inconsciente?. ¿Qué procesos físicos y biológicos, le condujeron a elaborar procesos mentales y a tomar consciencia, en ese caso, de su capacidad para fabricar cosas nuevas?.

Hoy vivimos rodeados por estas cosas nuevas que hemos hecho a lo largo de nuestra historia humana: la computadora, la silla, la mesa, la música que escucho, la casa donde vivo. También aquí hay una maraña que me envuelve y que me impide ver claro. También aquí debo horadarla y tratar de escudriñar lo que se esconde detrás, si es que hay un detrás.

 

 

B.      EL CEREBRO Y LAS MANOS.

 

Hay una frase del viejo Aristóteles, no frecuentemente citada, en la cual afirma que “el hombre tiene manos porque es el más inteligente de los seres” y no a la inversa. Dicho de otra manera, pareciera ser más racional suponer que estar dotado de manos es la “consecuencia y no la causa de su superior inteligencia” (De partibus animalium, IV, 10, 687 a 8). Según esta interpretación, la inteligencia sería el punto de partida para tener manos; éstas no serían sino la prolongación inteligente del cerebro. Seduce, en efecto, pensar que no han sido las manos del hombre las que han colocado un artefacto en Marte o en Venus sino que ha sido el cerebro.

No nos interesa discutir aquí este problema en especial. Podríamos ejemplificar diciendo que hay individuos que nacen sin manos y aprenden a utilizar sus pies como si fueran manos; o que, naciendo sin manos y sin pies, pintan admirablemente con la boca. Quizás, todo el planteo sea falso porque el hombre, siendo una unidad singular en cuanto especie e individuo, torna ilegítima la cuestión en cuanto tal. La interpretación aristotélica es dualista, fruto de una distinción quizá artificiosa. Oponer dos órganos de un individuo no es aquí, una fuente de soluciones, sino el estímulo para acercarnos a un misterio.

Hemos dicho que la raza humana es joven todavía, pero esto no implica, necesariamente, afirmar que tiene absolutas posibilidades de llegar a la cumbre o, para decirlo con palabras de Teilhard de Chardin, de lograr el Punto Omega.

La raza humana es joven y, es, singularmente, peculiar. El proceso biológico que ha conducido al ser humano no ha concluido todavía y, vigorosamente, se continúa hoy en el plano social, en un penoso ascenso cuyas vicisitudes compartimos diariamente. Somos sociales por naturaleza, pero, en los hechos, no hemos encontrado todavía las pautas definitivas de ese estado. Y no han bastado numerosas teorizaciones de frondosos pensadores para encontrar la facticidad del camino.

Las teorías y los hechos sobre el particular, muestran hiatos y fisuras inconmensurables. Vivimos tendiendo puentes que se hunden espectacularmente. Pareciera que la idea,  brillante en cuanto tal, naufraga irremisiblemente en la posibilidad de su realización.

Y, cuando observamos nuestros cuerpos, identificamos, en la actualidad, al cerebro como órgano pensante y a la mano como instrumento de la acción. Pero lo cierto es que somos una unidad, una unidad vital, sustancial. No obstante, dadas las especiales particularidades de nuestro ser singular, diferenciamos constantemente el pensar y el actuar, y nos cuesta concientizar la aparente dualidad. Esta es, sobre todo física, pero, esencialmente –lo repetimos- hay una unidad inseparable.

A esta altura del razonamiento ya no estamos seguros si pensar y hacer son esencialmente distintos. Pensar es, de alguna manera, hacer; y hacer supone, también de alguna manera, en cuanto la acción es específicamente humana, un pensamiento.

La confusión, que sólo puede ser aparente, radica en la dimensión física del organismo humano. Vemos y utilizamos la mano y la contraponemos al cerebro y a otros órganos. Pero el hombre es todo él cerebro y mano porque quien piensa es todo el ser humano y no sólo una parte de él y quien hace es también todo el ser humano y no solamente una mano.

Si es preciso llegar al hombre para encontrar la mano perfecta advertiremos que ser hombre significa también pensar y tomar conciencia de cada uno de nuestros actos. En nuestra actividad diaria continuamente pensamos y hacemos. Vivimos actuando –y cuando decimos actuando ya no distinguimos entre manos y cerebro porque todo el hombre es ser actuante- casi permanentemente conforme a normas. ¿Fueron pensadas estas normas, así hayamos olvidado quienes lo han hecho?. Lo cierto es que tratamos de descubrir y tomar conciencia de aquellos actos que, según parece,  ejecutamos inconscientemente. Al menos casi toda nuestra actividad está  reglada. Hay normas para fabricar un automóvil y para conducirlo y hay normas para acordar un crédito bancario y para gastar o invertir el dinero que ese préstamo supone; en suma, hay normas para tomar decisiones y ejecutarlas.

Todo ha sido reglado porque ha sido pensado por alguien y todo es ejecutado según determinados procedimientos. Cada vez que accionamos aprehendemos físicamente alguna cosa. Hablamos para accionar nosotros mismos o para que accionen otros. Nos trasladamos para accionar y accionamos para aprehender. El mundo físico que nos rodea y nuestro cuerpo físico están permanentemente vinculados. Tomamos el alimento y tomamos cosas ajenas a nuestro cuerpo para hacer objetos con algún fin determinado. Todo pensamiento termina siempre en alguna acción y ésta supone la aprehensión física de alguna cosa. Una teoría filosófica, más lejos o más cerca, pretende ser siempre el fundamento y la razón última de un acto primero o de una cadena de actos que explica nuestro estar ahora y aquí con las cosas que nos circundan. Una teoría económica tiende siempre a explicar por qué lo que estimamos como riqueza o como trabajo acumulado es distribuido o puede ser distribuido de una manera determinada. Una teoría física explica la ubicación de ciertos elementos físicos y la razón aparente o real de su estructura o de su movilidad en función de nuestra situación en el mundo. En todos los casos pensamos siempre en cosas o, a veces, en los restantes hombres como si fueran cosas, en función de nuestra propia modalidad de ser hombres. Y yendo algo más lejos todavía, la razón de mi pensar tiene por objeto el  comprender el mundo circundante para aprehenderlo de alguna manera. La aprehensión mental es el punto de partida de la aprehensión física directa o indirecta. Decir que el cerebro es prehensil o la mano es prehensil son dos formas de iniciar la discusión de un problema. Decir que no es la mano  la que piensa sino que es el cerebro el que presa, son dos formas distintas de avivar los estímulos para plantear la solución de misterios. Lo único cierto es que el hombre es un animal pensante, prehensil y, no pocas veces, rapaz. Cuando los  sabios de una potencia mundial de nuestros días extraen material lunar mecánicamente (fenómeno de aprehensión física) sin que hombre alguno se haya movido de la tierra, se ha aprehendido previamente en forma mental ese mismo material y se ha ejecutado la serie de actos racionales que han conducido a ponerlo al alcance de la mano. Cuando con mis riquezas empleo seres humanos para que laboren mis tierras, de alguna manera me transformo en cerebro para que sus manos acrecienten mis bienes. Dichos hombres son tomados por obra de mi pensamiento, mis normas pensadas reglan sus actos, mis manos sin actuar materialmente, los ubican en el lugar que yo deseo para que su conducta se ajuste a mis designios. Aprehender mentalmente puede significar comprender, pero también puede significar aprehender físicamente, en cuanto mi cerebro actúa más bien como mano en función rapaz.

 

 

C.       LA SEGUNDA NATURALEZA.

 

1.       Saber y Poder.

Con el hombre queda señalado el comienzo de una verdadera alienación de la Naturaleza. El hombre, en cuanto aparece, inaugura un proceso de separación que le lleva a una intimidad consigo mismo y a un sometimiento de la circunstancia. En lugar de someterse al ambiente, trata de transformarlo y hacerlo conforme a sí mismo. En otras palabras, inicia una acción creadora que sólo satisface cabalmente creando cosas nuevas.

Si antes pudo ser distinto, el hombre occidental inauguró un nuevo concepto de la ciencia. Ya no interesa tanto comprender la naturaleza sino aprehenderla; ya no interesa tanto interpretarla sino transformarla para ponerla a su servicio. Separación, interpretación, transformación, son las grandes etapas que el hombre ha recorrido sobre la tierra. De cualquier manera hay en este ser, que es el hombre de hoy, una voluntad de dominio que pareciera marcar el norte de su pensar y de hacer. Es eminentemente creador. En eso está su grandeza y también en eso está el gran peligro que se cierne sobre él.

Con Leonardo da Vinci y con Bacon, para no citar sino dos hombres claves, en este ángulo que estamos considerando, se dan ya los dos prototipos del hombre moderno. Es el primero el que emplea la expresión segunda Naturaleza referida a los objetos fabricados. El hombre empieza a producir un nuevo entorno;  se rodea de cosas que hace, construye una nueva Naturaleza.

Para el hombre que se levanta todos los días para ir al trabajo y a quien se le abona un salario, no hay en la actitud del hombre frente a la Naturaleza ningún misterio propiamente dicho. Concluye por  creer que, en la fabricación de las cosas, se agota la vida y que en la manufactura está la cuota de felicidad que la humanidad necesita. No hay una opción científica. Sí la hay en el que comanda la fabricación de objetos, pero aun en estos casos es preciso distinguir entre el científico que concibe cosas como medio de conocer transformativamente la realidad, del político que lo hace como medio de dominio.

Curioso es, verdaderamente, el camino que se ha seguido. La Naturaleza produce al hombre y éste, a través de la ciencia, produce una  segunda Naturaleza.  En el hombre puramente contemplativo y en el conocimiento puramente contemplativo esto no hubiera podido producirse; sólo en el hombre consciente, muy consciente, con voluntad de poder sobrepuesta a la de saber, se da este fenómeno al cual hoy asistimos. Podríamos decir que la Naturaleza se ha hecho consciente con el hombre; que es la manera que tiene de pensarse a sí misma, de comprenderse y de transformarse. Si esto fuera verdaderamente así estaríamos asistiendo a un enorme juego, que tiene en el fondo un sentido religioso.

La majestad del hombre ante las cosas le hace transformarse en centro. La designación de todas las cosas con el término Naturaleza le muestra amo y señor; la nominación de cada una de las cosas naturales sigue mostrando su voluntad de ser eje de todo el universo. Decir Naturaleza y nominar las cosas es haber asumido una  actitud activa. Desde ahí en adelante el hombre hace hablar a las cosas. Así nace la religión, la filosofía, la ciencia, el arte y la técnica. El inmenso diálogo se ha iniciado pero la vertiente iniciada tiene sus peligros.

El hombre ha comenzado por conocer la realidad y este proceso pareciera no tener fin y extenderse hacia un horizonte infinito. Pero el conocimiento y el dominio de las cosas implicaron también conocimiento y dominio del semejante, del hombre que convive con nosotros. Dominar la naturaleza, dominar al semejante, ser artífice de algo que llamamos felicidad, son metas verdaderamente sobrehumanas. Entramos en una dimensión que ya parece haber agotado las posibilidades que nos fueron dadas. Hemos querido ser semejantes a dioses y hemos jugado con las aptitudes que teníamos. Faltará saber si nuestra habilidad correspondía a la magnitud de la empresa.

Queríamos emanciparnos de la naturaleza. Por querer hacerlo, ¿no hemos caído en la esclavitud del hombre cuando, como resultado del proceso, desembocamos en la llamada Revolución Industrial, al crear la segunda Naturaleza?

 

2.        La acumulación del trabajo.

El proceso iniciado desde Leonardo da Vinci,  pasando  por el fenómeno de la Revolución Industrial y todas sus consecuencias, ha desembocado en una revolución científica y tecnológica en el siglo XX.

La transformación de la Naturaleza no es una mera metáfora sino una realidad. La máquina y el aprovechamiento de la transformación de la materia en energía ha cambiado nuestro tipo de vida. Se ha dicho que cada hombre dispone hoy de muchos esclavos cuando queremos volcar la energía de que disponemos a la tabla de la antigua energía humana. A su vez, el trabajo manual y el trabajo independiente tienen poca importancia. Incluso las profesiones liberales tienden a desaparecer. Ya nadie trabajará solo en el futuro.

El aumento de la población ha conducido a la planetización del orbe y ya asistimos a intentos por fugar de este planeta. Pero la planetización significa no solamente ocupación de la tierra sino constante comunicación de toda la información sobre acontecimientos dados en muy diferentes lugares del espacio. El tiempo ha desaparecido como factor de la distorsión en la comprensión de los acontecimientos. Ya no hay hechos simultáneos que se dan como si existieran en épocas distintas; la simultaneidad es verdaderamente tal.

Todo esto no hace sino que se den los estímulos en progresión geométrica porque la barrera del espacio y del tiempo ha caído, al menos, desde el punto de vista de la tecnología. La humanidad ya no piensa y actúa atomizada sino como cuerpo que se extiende sobre toda la tierra. Hay un principio de universalización que avanza velozmente y que cubre el planeta. La tierra se humaniza cada vez más homogéneamente en un proceso incontenible.

Pero, por otra parte, ¿cuáles son los móviles de la humanidad?. ¿Qué la acicatea en su constante proceso?. Hay quienes aseveran que buscamos, como en la época de las cavernas, seguridad y bienestar. En otras palabras, las necesidades primordiales que debemos satisfacer son las que surgen de nuestra condición de hombres en cuanto compartimos con los animales el aguijón biológico. De ser así, vivir toda la vida sin necesidades físicas sería suficiente. La tecnología podría cooperar dominando la circunstancia para hacer más agradables nuestros ambientes y restauraría el equilibrio de nuestro cuerpo para asegurar una razonable longevidad.

No obstante que este programa de satisfacciones aparece como muy pobre porque, a su vera, aparecen otros que nos comprometen, gracias a nuestra vida pensante, es muy dudoso que hayamos resuelto esta primera etapa.

En nuestro afán para darnos esta segunda Naturaleza que nos rodea cada vez más; en el deseo de prolongar nuestra vida biológica en el fasto de la adoración de objetos fabricados, hemos creído dejar atrás la antigua imagen del esclavo. Es cierto, que hoy no existen esclavos jurídicamente concebidos, ni perdura tampoco la imagen del hombre reducido a cosa, que se puede comprar y vender. Pero, otra figura más sutil se ha introducido en nuestra forma de vida.

En el lugar de una esclavitud ostensible, que hacía la labor más dura en la antigüedad, todavía existe una esclavitud, a veces menos incruenta pero infinitamente más agónica, entre los pliegues de los avances científicos y tecnológicos.

La primitiva acumulación de objetos naturales valiosos, que, en el despertar de la humanidad, el hombre compartía con algunos animales, ha cedido el paso a la acumulación de objetos fabricados por el hombre.

La segunda Naturaleza surge así como resultado de un cautiverio cuyo signo parece ser el de aumentar en progresión geométrica. Esta segunda Naturaleza es fruto del quehacer, del trabajo de la humanidad. A los problemas de la distribución de los objetos naturales hemos añadido los problemas de la distribución de los objetos fabricados. No habíamos resuelto todavía los primeros cuando ya los segundos nos enfrentan.

Ambos problemas tienen algo en común: los primeros son el escenario donde realizamos nuestras acciones y los segundos que, a veces, participan de algunas características de los primeros, son al mismo tiempo nuestro propio accionar, es decir, en verdad, son nuestro pensar, nuestro propio ser.

Cuando alguien acumula objetos fabricados o dispone sólo a su arbitrio del lugar donde se ejercen acciones creadoras o almacena objetos naturales que se estiman valiosos como materia prima de acción, absorbe parte del ser mismo del semejante. Realiza lo que a Shylock le fue impedido hacer porque no podía cobrarse las libras de carne humana, ya que al hacerlo vertía sangre. La humanidad moderna ha conseguido el ideal del personaje shakesperiano en su aspecto más negativo.

La humanidad no debe escindirse en sectores sociales que representen, por una parte, la mano rapaz o poseedora  de riquezas rebelada contra el cerebro, en una primitiva e inconsciente acción acumulativa y, por otra, la enorme legión de quienes piensan y se sienten agobiados bajo la férula oprobiosa.

 

 

D.      LA REVOLUCION DE LAS MANOS.

 

1.        La ruptura del equilibrio.

Siguiendo nuestra figura hemos llegado a la conclusión que nos mueve a afirmar que las manos se han rebelado y que la revolución es doble: a) en primer lugar, acumulan rapazmente; b) en segundo lugar, inducen a fabricar cada vez más objetos en cantidades que llevan a producirlos en series cuantitativas inconmensurables y en clisés diferentes.

El hombre, esa unidad singular, erecta, pensante y con manos, ha sido seducido por sus obras y se ha lanzado a una vertiginosa y tentadora pendiente. Siendo capaz de pensamiento y acción ha olvidado que su racionalidad es actuante porque está inserta en la materia. Diríamos, para ser más expresivos, que la racionalidad humana es connaturalmente actuante. Por eso, tiene cerebro y mano. No queremos decir que la mano condicione la acción, pero sí que la hace factible.

La tremenda crisis del mundo actual, por consiguiente, puede ser descripta con la imagen de una enorme mano que tiene la naturaleza (mano con figura humana) que, acumulando y fabricando objetos, apresa al propio hombre. Nadie se libera ya del peligro: ni el gran comerciante, ni el gran industrial, que padecen las fatigas del cuidado de sus riquezas, ni el más insignificante obrero que vive las angustias del insuficiente salario.

El siglo XX nos ha hecho ver que el orden de vida cuyo parámetro era dado por la Naturaleza ha sido rebasado. Con la no siempre consciente labor fabricadora de objetos, so pretexto de un parámetro cultural, pretende el hombre transformar la Naturaleza y ha logrado ya modificar sustancialmente su entorno. El mundo ya no es vivido como dado, sino como herramienta que prolonga la mano. La sociedad técnica ha distorsionado en forma alucinante las coordenadas en función de un dominio y de una posesión que revela la juventud de la raza humana, pero, al mismo tiempo, muestra sus debilidades más visibles. El dominio y la posesión son siempre temporales en el proceso del mundo; de ahí que, junto al goce de su ejercicio, late la conciencia de su pérdida.

Fabricar cosas en cantidad supone clasificarlas en registros funcionales y supone también clasificar y ordenar los instrumentos productores de ellas, ya sean materiales o humanos. El hombre cibernético vive todavía la euforia de su juego mágico fabricando objetos, pero presiente ya la angustia de su mundo que le desborda. Dosifica, ordena y cuenta como lo hacíamos con los juguetes siendo niños y al par que disfruta con el recuento, el hecho de saber que no tiene otros con que su semejante se solaza, le muestra en la grandeza y miseria de su ser.

Los objetos fabricados pierden, poco a poco, su sentido primitivo. Se transforman en una evasión de la Naturaleza. Las manos han perdido su conexión con el centro consciente de la idea humana y se refugian en su obra sin intentar comprenderla ya.

Las fabulosas cantidades de energía que están hoy a su servicio y el mágico mundo de la automación han contribuido en buena medida a hacer del hombre un pequeño Dios. Pero este dios, con minúscula, que sólo piensa en función de manos, que cree que se realiza auténticamente en un accionar activo, olvidando que el hombre también es contemplación, ha desembocado de pronto ante los caminos del mundo y no puede evitar encontrarse todavía con la ignorancia, la pobreza y el temor.

La febricitante actividad ha sutilizado los medios de dominio, porque ya no sólo se acumulan bienes naturales, sino también objetos fabricados y otras entidades simbólicas, como la moneda y sus sustitutos. Acumular moneda supone acumular medios de acción sobre la naturaleza y sobre otros hombres. De ahí, la enorme importancia de todas las entidades modernas que distribuyen el crédito. De alguna manera, un Banco es un instrumento de justicia o injusticia, de servidumbre o de dignificación. Por eso, el sistema económico de un país es el torrente circulatorio de su ser nacional.

Lo que llamamos riqueza, en cuanto trabajo acumulado, es parte sustancial del hombre mismo; la justicia de su valoración y de su distribución es la llave maestra de la razón ontológica de la nacionalidad. Porque, en definitiva, el trabajo es un simple medio para que cada ser humano pueda realizarse plenamente.

Pero la complejidad del sistema puede hacer olvidar sus grandes debilidades, mas éstas siguen ahí. La fragilidad asoma por todos los poros y podría resumirse en una sola expresión: injusticia.

 

2.       El ser total del hombre.

La revolución de las manos que nos ha hecho esclavos, debe ceder ante la razón, ante la fe en cuanto razón eminente y ante el amor en cuanto razón compartida.

El hombre que es capaz de decir no ante una acción, debe reasumir su ser total, sin distorsionar el uso de sus facultades. La sociedad no debe sectorizar sus esfuerzos en pro de facciones con desbordes primitivos.

Si la investigación se basa en el secreto y no en la colaboración, la ignorancia seguirá siendo un instrumento para sojuzgar pueblos y sectores sociales. Si la enseñanza es impuesta en función de satelismos, la ignorancia –analfabeta o alfabeta- seguirá siendo factor de opresión. La alfabeta ignorancia es la más terrible condición a que un pueblo puede ser sometido, porque implica sustituir los valores más excelsos en función de los fines más espúreos.

Si la pobreza nos oprime porque el sistema no permite el acceso libre de cada individuo a la porción de bienes que contribuye a formar, sólo explotaremos a la Naturaleza en voz alta, cuando en verdad, en voz baja, estaremos asistiendo a la explotación del hombre.

Ignorantes y míseros, pobres de espíritu y de bienes, nos acechará el temor. Como en la Naturaleza primitiva (la caverna es una forma primera de hallar seguridad) el hombre moderno defiende su ser en forma cavernaria con dignos y violentos sustitutos.

 

3.        La justicia.

Todo país, en cuanto comienza a ser nominado como tal se preocupa por instaurar un orden jurídico, para cuyo fin los hombres que tienen en sus manos los destinos del mismo, otean el mundo con el objeto de lograr el arquetipo que conforme sus convicciones. La experiencia concreta será la encargada, luego, de poner de manifiesto las bondades y los defectos del orden concebido.

No debe pensarse que el orden jurídico es simplemente lo abstracto. De ninguna manera: el orden jurídico es siempre parte de un sistema, de una concepción del mundo, de un estilo de vida. Se enraíza en la entraña del pueblo y se nutre de su savia para hacerse orden social y político. Configura una manera de darse la nacionalidad y muestra la verdad ontológica de ella.

Pero el orden jurídico en cuanto tal no da por sí mismo la justicia. Puede pretender justificar una justicia, mas no es la justicia. Por eso, cuando un pueblo capta la diferencia entre la justicia mediatizada por el orden y la que se siente vitalmente, ha llegado la hora de hacer el examen crítico del sistema.

El inconformismo que se gesta en la conciencia de los individuos es el paso primero de la crisis. La realidad concreta que se vive, que se trabaja diariamente, es más aleccionadora que todos los discursos grandilocuentes. A partir de ella debemos comenzar a construir y es siempre ella la que nos dará la pauta de la enseñanza para la acción. Se desprende vivificadora y pujante para golpearnos y para rectificar nuestro esquema.

El mundo humano de hoy marcha hacia la completa planetización. Resulta mucho más fácil ahora comparar los sistemas de vida de los pueblos entre sí –pueblos que, a veces, viven en las antípodas- y medirlos con nuestra manera de vivir. Las confrontaciones muestran desajustes que antes eran difíciles de aprehender.

Fácil es tomar conciencia, entonces, ante el abanico de posibilidades; pero la concientización debe venir desde dentro, debe informarnos y no, simplemente, formarnos. A la justicia debemos vivirla en el acto de alimentarnos porque sentimos justo el alimento en su calidad y cantidad; debemos sentirla así en el acto de cobrar nuestro salario porque corresponde a lo que hemos aportado con nuestro trabajo: debemos saberla con nosotros en el instante de acudir a nuestra morada porque la hemos merecido y la sociedad nos la ha dado y debemos reconocerla en la cara del prójimo porque él también goza con su posesión.

El orden jurídico será social y políticamente justo cuando cada acto sea justo. Y el orden jurídico será social y políticamente justo cuando nazca en cada uno de nosotros y se realice en cada una de nuestras conciencias. Vendrá desde dentro y no nos será impuesto.

La vocación cesárea que impone las normas desde fuera correrá la misma suerte de cuantos imperios se construyeron sobre la fuerza. Esta es, a la postre, la gran debilidad. No se demuestra autoridad cerrando puertas o escudándose detrás de organismos extraños a nuestra idiosincrasia. Hay un camino, es cierto, más largo y penoso. ese camino es el que debemos tratar de recorrer, aún a costa de todo aquello que nos es caro. Quedarán los girones de nuestra integridad física y espiritual a su vera como hitos de nuestra peregrinación, pero ello nos será grato porque habremos demostrado a los que ensalzan la violencia, que nuestra fuerza era la única verdadera gran fuerza.

La mentalidad nueva basada en la verdadera justicia para todos los seres humanos y no para sectores está surgiendo y deberá ser una realidad a breve plazo. Y sabremos que los tiempos habrán cumplido su ciclo cuando no podamos distinguir en nuestro seno evidentes desigualdades. Entonces habrá llegado la hora de decir: “No hay más esclavos ni hombres libres”.

 



[1] Olsen A . Ghirardi, né en 1924 à Cordoba (Argentine), Docteur en philosophie, Doyen honoraire de la Faculté de philosophie de l’université nationale de Cordoba, Recteur honoraire de cette Université, avocat international au barreau de Cordoba, est actuellement le Vice-président de l’Académie nationale de Droit et de Sciences sociales de Cordoba. Professeur de philosophie de la nature, puis de philosophie du droit aux universités nationale et catholique de Cordoba, invité et D. H. en diverses autres universités, il a été vice-président de l’Association argentine de philosophie du droit. En France, il est membre du Comité scientifique des Archives de philosophie du droit (Sirey) ; il figure au Dictionnaire des philosophes des P.U.F.