Revue de la B.P.C.                           THÈMES                                 V/2004

 

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Décembre 2004

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El sentido de la civilidad europea

 

par Ángel Sánchez de la Torre,

Professeur émérite de philosophie du droit à l’Université complutense de Madrid,

 Membre de l’Académie royale de jurisprudence et de législation

 (président de la section de philosophie du droit) 

 

 

 

            Solemos dar el nombre de “ciudadano” al individuo en cuanto que es parte de un Estado y actúa como tal. La “civilidad”, que corresponde a un conjunto de valores y conductas que abarcan también la corrección en la conducta personal, el respeto a los animales y a las cosas, la buena educación,  ofrece mayor alcance y se postula como un conjunto de valores culturales que rebasan lo político y lo ideológico para instalarse en lo ampliamente social. Podríamos asignar la civilidad más precisamente aún a lo que está denominando “sociedad civil”, en cuanto pudiera diferenciarse de la estrictamente política.

El sentido de la civilidad es más básico, más amplio y menos rígido que el de “ciudadanía”

 

            Definiremos también el campo a que nos referimos con el término “Europa”. Se trata de un espacio geográfico en el Occidente asiático y muy próximo a la zona norteña del Continente Africano.

 

            Las coordenadas geográficas del espacio europeo incluyen también referencias identitarias desde los tiempos más antiguos. Refiriéndonos a los últimos tres milenios hallamos toponímicos fluviales como los nombres del río Vístula que desagua en el mar Báltico, el Híster (antiguo nombre del Danubio) en el Mar Negro, Istria en el Adriático, Esla en una cuenca Atlántica, etc., así como los múltiples “estuarios”;  cuyo común antecedente ístura cubre todo el espacio europeo. También los hidrónimos que desde Ar-menia pasando por Maine llegan al Miño. Igualmente las ciudades epónimas del “oso” (Moscú, Berlín, Berna, Madrid: nombre éste evolucionado desde mehwed que significa ”devorador de miel”, en un dialecto proto-celta); o las poblaciones que llevan el nombre del dios lug (Lublín, Dublín, Lugo, Sanlúcar, etc.)  Los territorios cubiertos por las lenguas eslavas, germánicas, celtas y mediterráneas trazan perfiles históricos unitarios donde se superponen pobladores europeos que han escalonado su convivencia durante siglos, desde los Urales hasta los mares occidentales. Denominaciones idénticas describen a veces parajes análogos, como con el nombre Iberia para las regiones montañesas del Cáucaso occidental y de la actual España. Y otras denominaciones geográficas expresan simplemente la situación de territorios vistos por los navegantes griegos: Anatolia (por donde se levanta el sol); Hesperia (por donde se acuesta el sol, primero la península itálica, después la ibérica); Hispania (los mares por donde se pone el sol, nombre asignado a esta península por los conquistadores romanos el año 197 a.C.).

 

            Los grandes movimientos comerciales de hace 5.000 años dejaban sus huellas en una extensión que cubría toda la actual Europa. Por ejemplo el comercio del ámbar conducía a los Vénetos desde las orillas del Báltico hasta la costa Adriática (Venecia), el Mar Negro (Bizancio), y el Mediterráneo occidental (Valencia)

 

            Muchas denominaciones nacionales expresan en idiomas indoeuropeos caracteres peculiares de sus pobladores en tiempos antiguos: Los Romanos luchaban con lanza (robur). Los Germanos con lanza (gari). Los Ingleses con flechas (angl). Los Franceses con hacha (francisca). Muchos siglos antes los Cántabros con hachas de piedra (cant), como después los Sajones (sachs).

            Los  nombres “civilidad”, “civismo” proceden de “Ciudad”. Pero ésta no se identifica con “Estado”, excepto en lugares o tiempos muy determinados. Para muchos politólogos e incluso filósofos de la Política y del Derecho, el Estado significaría una ruptura histórica y cultural respecto a la Ciudad, y ello se entiende muy bien, dado que se trata de un orden de cosas en que prevalece la organización del poder (por el Estado) frente la “comunicación y generalización del bienestar” que caracteriza a la Ciudad, tanto se trate de las antiguas Ciudades-Estado griegas y sus Confederaciones; como de la Urbs romana con sus Federaciones y su Imperio, como de los Burgos y Grados que protagonizaron la industria y el comercio desde los tiempos alto-medievales hasta muy cerca de la Edad contemporánea. Sin embargo ha habido entre los científicos sociales un intento de ruptura entre el concepto del Estado y sus antecedentes, para de este modo perfilar una noción de “Estado” aislado y cerrado sobre sí mismo, en virtud de un cierto “formalismo” metodológico que lleva consigo, sin embargo, consecuencias muy importantes.

 

            Esto se observa a partir de Hobbes.

 

            Cuando se imaginó Hobbes el origen del Estado en la necesidad de evitar la “guerra de todos contra todos” trataba de suponer también, aunque sabía bien que ello no era cierto como si anteriormente no hubiera habido  ninguna otra organización capaz de establecer relaciones de convivencia o , al menos, reglas básicas que permitieran resolver los conflictos dentro de la sociedad. Como si no hubiera habido nunca jefes respetables que impusieran paz a los suyos y que fueran  también reclamados por otros para análogos fines. Por ejemplo, la existencia de los Árbitros (arbi, erbe, “señor”, “señor hereditario”) cumplió durante milenios el papel pacificador que Hobbes atribuye por primera vez al Estado, y no era aún Estado. Lo que sucede es que Hobbes pergeñaba la descripción de un desorden ilimitado para poder razonar la necesidad de un Estado absolutamente ilimitado en sus poderes. ¿Dónde sugiere Hobbes que los poderes del Estado hayan de ser limitados? Se iniciaba la carrera hacia el Estado absoluto, de manera análoga al modo en que actualmente, en nuestro país, se ha proyectado una carrera en sentido contrario: la carrera hacia las Autonomías regionales absolutas. Al fin y al cabo, las razones del Estado absoluto no eran menos falsas que las de las Superautonomías proyectadas por la frustración, la irresponsabilidad y la vaciedad mental de quienes esgrimen, como  única razón política,  la identificación de su ambición personal sin límites con la invención de una entidad pseudo-nacional inexistente, ante la estólida  pacatez de los atónitos ciudadanos      

 

            Antes de que la Ciudad hubiera asumido un significado político, a veces convirtiéndose en Estado y, lo que es más frecuente, siendo asumida y deglutida por algún Estado;  la palabra “ciudad” se refería a instituciones sociales muy anteriores a los fenómenos del urbanismo y de la estatalidad.  Para buscar tales referencias nos hemos visto inclinados a salirnos más allá  de las sociedades que solemos tener como “clásicas”en Europa, la griega y romana, y fijarnos en el más amplio espacio europeo,  en que concurren culturas, lenguas y formas de existencia social mucho más diversificadas; pero donde encontramos también las formas más antiguas de esa palabra “ciudad”.

 

            Para ello pediremos ayuda a la filología indoeuropea.

 

            Parece que los usos más antiguos de la raíz indoeuropea kei-, de que procede filológicamente esta palabra,  se halla en los términos góticos hiwo, hiwa, kiwiski (marido, mujer, familia), y en los anglosajones hid, hisid (familia), prúsico seimins (familia), lituano seimi (familia), y eslavo semija (también familia).

 

            El latino civis, en su forma arcaica keivis,  está documentado ya en momntos muy evolucionados, cuando las familias, tras haberse integrado  en la colectividad interfamiliar, la gens,  habían constituido ya una organización superior, la civitas.

 

            El civis era un hombre libre integrado en una civitas, y ésta podía ser para los geógrafos e historiadores romanos tanto la gran Urbs Roma como las tribus andaluzas con quienes hacían tratados de mutua no beligerancia o los arriscados poblados de Cantabria en la época en que ésta luchaba por su independencia.

 

            Adquirido este perfil político, el significado de civis se oponía, de un lado, al extranjero (hostis en pie de guerra; hospes en son de paz); de otro al peregrinus (residente en la propia ciudad); de otro al socius (ciudadano de una ciudad confederada o aliada).

 

            En cuanto a la situación personal dentro de las funciones cívicas, el adjetivo civilis se oponía a militaris. El nombre del lugar de residencia de los cives, la civitas, se oponía semánticamente a oppidum, plaza militar, y a arx (fortaleza militar, akrópolis para los griegos), que solían construirse en la parte del territorio ciudadano más seguro para la defensa. Mas hay que tener en cuenta que todos los ciudadanos eran simultáneamente soldados. En Roma solían estar sujetos a enrolamiento entre los 18 y los 60 años, y todo ciudadano que pretendiera obtener un empleo en la administración civil había de haber pasado los reglamentarios diez años bajo las armas dentro de las fuerzas de intervención (exercitus), en un ámbito que, en su máxima extensión, alcanzaba las Islas británicas, el norte de Africa (la Hispania tingitana que tenía su capital en Ceuta), Egipto y Libia, la frontera Mesopotámica,y la frontera Germánica entre el Rhin y el Oder, y Dalmacia, siguiendo el curso del Danubio. . Los ciudadanos romanos tenían también la obligación legal de casarse antes de los 30 años para no estar sometidos a un impuesto especial, y ello con mujer aún fecunda por su edad, para no ser acusados de fraude legal. La estrecha conexión entre lo familiar y lo público mantenía así el recuerdo de los orígenes familiares del civis.

 

            Esta tensión entre la personalidad familiar y social (status libertatis, status familiae) y la personalidad propiamente política (status civitatis) se viene reproduciendo a lo largo de la historia occidental, marcando los extremos del individualismo y del totalitarismo políticos respectivamente una vez que han desaparecido los contextos  que,  durante los 2000 años en que tuvo suficiente vigencia la civilización romana (desde la Roma del 700 a.C.,  hasta mediados del s.XV en Constantinopla);  encajaran ambos conceptos con mayor o menor fortuna.. Pero en los últimos tiempos esta polarización se ha roto, y ha sobrevenido el agostamiento cultural del protagonismo social del individuo y de la sociedad libre, aplastado por la imposición prácticamente totalitaria del Estado en todos los órdenes de la compleja realidad social. Aquí es donde tiene sentido hablar de “civilidad”, como respuesta crítica a la situación moderna de la sociedad frente al Estado..

 

            La comprensión clásica de la realidad social se configuraba en una integración unitaria de los elementos complejos, que mantenían cada uno su propia función  y su propia proyección en el ámbito comunitario. Los asuntos de la continuidad del grupo se confiaban a la fecundidad de la familia. Los asuntos del trabajo a industriales y navegantes, a propietarios y dependientes. Los asuntos de la organización ciudadana a los cargos elegidos anualmente por sorteo, o votados en elección: cargos que usualmente debían dar cuenta,  cuatro o seis veces al año, a los contadores públicos,  del modo en que gastaban las cantidades asignadas al costo de los servicios de que fueran encargados, con responsabilidad pecuniaria personal en caso de desfalco o mal uso del dinero público. Estaba prohibido que los funcionarios tuvieran escolta puesto que ello induciría a su prepotencia e incluso era modo de alzarse con la tiranía (caso de Pisístrato, el enriquecido dueño de las minas de plata de Ätica); con excepción en Roma de los funcionarios que portaban las fasces del Pretor.

 

            Los diversos regímenes políticos de que Aristóteles hace extensa descripción al fundar la Ciencia de la Política, no hacían sino proyectar las necesidades básicas que la sociedad de los hombres libres tenía por más relevantes en cada momento El régimen de tipo monárquico respondía a la necesidad de unidad de la población y de continuidad. simbólica de las creencias religiosas ancestrales. La Aristocracia se ocupaba primordialmente de la defensa y de la integridad territorial. La Plutocracia era el régimen que se adecuaba al desarrollo económico y la prosperidad general. La Democracia permitía que los habitantes de los diversos barrios de la ciudad pudieran colaborar nombrando funcionarios y aprobando leyes (en Atenas) o que los ciudadanos ordenados en sus unidades militares (Curias, primero; Centurias más tarde) pudieran aprobar o rechazar, mediante sufragio, las leyes que se les proponían. Con variadas combinaciones y muy variables hegemonías los poderes públicos garantizaban, en cierta “justa medida”,  las pretensiones e intereses propios de todas y cada una de las diversa Instituciones que desde el principio formaban parte de la Ciudad y que, como sucede en el caso de las Familias, de las Gentes y de las Fratrías, eran muy anteriores a ella.

 

            Las Familias se habían ocupado siempre  de la población y de la educación; las Gentes de la ocupación y defensa del territorio; las Fratrías y Curias de la influencia sobre territorios colindantes, trayendo de ellos botín, y estableciendo alianzas para guerrear o defenderse en un ámbito más amplio que el ocupado por sus propios paisanos.

 

            Pero todo esto cambió y necesariamente debió cambiar. Pero en ello no todo ha sido bueno ni mucho menos necesario, aunque haya sucedido por sus pasos contados.      

 

            En la Europa moderna, tras el radical planteamiento de las Soberanías estatales, las cosas han ido evolucionando de manera que permite, dados sus métodos y dados sus resultados, valoraciones críticas muy distintas. Los hechos podrían dar razón de ello. Por ejemplo, hace pocos años me permití manifestar, en un Acto Académico de la Universidad en que ejercía como Catedrático, que actualmente los Estados se encontraban muy a gusto en una situación administrativa que prolongaba las directrices políticas que se establecieron desde finales del s.XIX, convirtiendo los Estados europeos en Estados en guerra: regulación de la economía como economía de guerra, la cultura como cultura de guerra, educación como educación de guerra, enseñanza universitaria al servicio de los funcionarios del Estado, restricción de comunicaciones personales y de flujos de mercancías bajo criterios propios de una situación de guerra, etc. Y me permití considerar que los Estados no tenían intención de volver sobre sus pasos, sino convertirse, fueran o no capaces,  en agentes únicos de toda actividad social. Las asociaciones laborales. que habían nacido como movimientos solidaristas supra-estatales,  se configuraban como elementos intra-estatales, pero se organizaban, miméticamente bajo el signo de la violencia, aunque ello fuera sólo como táctica contra los patronos y la sociedad burguesa, bajo slogans de lucha y más lucha, hasta la lucha final. Los partidos políticos crearon gigantescos Aparatos que sustituyeron a conveniencias locales, a ideales personales, a intereses económicos, integrándolo todo bajo consignas demagógicas y arbitrarias, despiadadas contra sus rivales y dañinas contra el conjunto de la sociedad a poco que se las pretendiera establecer. De este modo se ha llegado a destruir las funciones familiares tradicionales (despenalizando la enorme sangría del aborto, dando tratamiento legal de “familia” a cualquier coyunda sexoide necesariamente estéril);  El Estado se ha apoderado de las directrices para la educación de las personas bajo el monopolio político incluso de la formación profesional hasta más allá de la veintena, e incluso más allá.  El Estado ha creado Ministerios de Cultura, primeramente en los regímenes comunistas y nazis, inaugurando modas pronto seguidas entusiastamente por personajes a quienes, a veces,.deberíamos recordar bajo aquella trágica pero infinitamente bondadosa frase: “¡Perdónales, Señor, porque no saben lo que hacen!”.

 

            La explicación teórica de este fenómeno de tal modo que parezca normal, merece ser considerada. Hay que advertir, sin embargo, que la organización del Estados responde aún a una actitud completamente distinta de las técnicas de organización supranacional que la Unión Europea ha adoptado, en que, si deben tomarse decisiones que rebasan la competencia de cada uno de los Estados, éstos de algún modo acrecen su propia autoridad al cumplir aquéllas, pues la Unión Europea les ayuda de algún modo superar o rectificar distorsiones que en cada Estado se hubieran producido de no existir ese nivel de presencia de cada uno de ellos en los Organismos directivos y representativos del conjunto de la Unión. Precisamente cuando la Unión Europea parece tomar definitivamente una velocidad de crucero en la organización del trabajo y en la promoción del bienestar de los ciudadanos de 25 Estados europeos, estamos en buen momento para reflexionar sobre estos temas. O, al menos, conocer el conjunto de datos fácticos y culturales que podrían ser tenidos en cuenta..

 

            Aunque ello parezca sólo una distinción de filósofos, la explicación de la invasión del cáncer estatal sobre la sociedad civil puede hacerse del modo siguiente, en torno a un concepto que se desarrolla bajo el término de sýnthesis.

 

            En el lenguaje que expresaba el pensamiento de los griegos, incluyendo también los conceptos de sus filósofos, la “síntesis” consistía en la permanente organización progresiva de un elemento real cualquiera, tanto físico como cultural, donde cada aportación nueva era incluida en la organización común buscándola un hueco y unas conexiones internas que permitieran el enriquecimiento de las funciones propias y su ulterior integración en el mundo de las cosas en que se instalara..

 

            En la filosofía racionalista de la Ilustración, por el contrario, la supremacía del pensamiento individual bajo la marca “razón”, y buscando en muchos momentos vías, ya para argumentar las necesidades de la reforma social y política de una Europa que había agotado probablemente las capacidades de los regímenes del Absolutismo Ilustrado. Este régimen, que venía también  frustrando las incontinencias de unos grupos sociales muy cultos personalmente y muy desarrollados económicamente,  llegó a inspirar en los filósofos alemanes de finales del s.XVIII y comienzos del XIX  una metodología  que, en términos anecdóticos pero significativos, podría expresarse de este modo:  si la Realidad no estaba conforme con la Razón, “peor para la realidad”. Puesto que todo lo “real” es “racional”, todo lo “imaginado como racional” debe ser “real”. Y cuando un teutón afirma que algo “debe ser” significa: “Yo quiero que sea”.

 

            Hégel desplegó una teoría de la Historia Universal que en su intención se producía en términos de despliegue de la Libertad. Y el método en que explicaba todas las transformaciones sociales y políticas era “dialéctico”. Cada hecho o situación se configuraba como “posición” (tesis), que en cuanto se empezaba a hacer insegura o inadecuada creaba una “oposición” (antítesis) de tal modo que la evolución posterior de ambas conduciría a su mutua anulación de tal modo que sus elementos propios vendrían a ser asumidos integrando otro nuevo nivel que superaba a ambos (síntesis). El resultado era la desaparición de lo anterior y su sustitución por lo nuevo. Y esto nuevo adquiría tanto los elementos como las funciones sociales de lo antiguo. Los “derechos” que los elementos sustituídos hubieran tenido se incorporaban reforzadamente en el sustituto. La Sociedad Civil y todos los elementos que la constituían fue “asumida” en el Estado. El Estado “deglutió dialécticamente”elementos que era incapaz de “digerir”, y al intentar forzar,  por recursos políticos, administrativos, jurídicos o culturales, ese proceso de “asimilación”, produjo las “indigestiones” conocidas: el socialismo utópico, el comunismo proletario, el nazismo totalitario, el solidarismo insolvente, la demagogia galopante, el dersvaimiento terreno-seráfico de la llamada democracia cristiana, el desarrollismo asimétrico del comercio internacional, el globalismo del bienestar, los privilegios insolidarios de los Estados exportadores de petróleo, el rencor de los fanáticos globalizados organizados estatalmente o lanzados a la destrucción de otros Estados, etc..

           

            Tal podríamos resumir la nueva situación. El Estado legisla sobre la familia sustituyendo como criterio definidor las diversas modaliades de disfrute orgásmico, sin atender a las funciones reproductivas, creativas y educativas de la sexualidad biológicamente normal, y estableciendo contra naturaleza tanto nuevas pautas para ser entendido “legalmente” como “familia”, inventar modos de ejercer la potestad familiar, imponerr nuevas preferencias en el orden de sucesión patrimonial ab-intestato, etc. .

 

            El Estado legisla sobre la educación creando los gigantescos Ministerios de Educación (sustituyendo la tradicional función que el propio Estado tenía en una sociedad más libre bajo la denominación de Ministerio de Instrucción Pública). Pero la denominación de “Educación” expresa simplemente el deseo de manipulación ideológica, al menos en el momento en que se empezó a usar y en todos los regímenes sucesivos desde entonces. Efectivamente, y tomando como ejemplo a España,  era el instrumento para el “Estado totalitario”: desde 1938 y sin disimular su propio nombre , de influencias fascistoides.  El Ministerio de Educación trataba de conseguir, en las épocas neo-católicas,  que todo niño español debía aprender a salvarse y a evitar la condenación eterna. Más adelante, cuando el poder político fue asumido por quienes mayoritariamente eran apóstatas de las creencias cristianas, y trataban con furor edípico de matar los perfiles de su propia sombra, hicieron que el Ministerio de Educación sirviera para que los niños aprendieran que no era preciso seguir las orientaciones morales del Cristianismo porque el Estado constitucional no era confesional. Los niños aprenderían que eso de estudiar no merecía la pena porque el curriculum ordenaba pasar de curso indefinidamente mientras el cuerpo aguantase. También el progresismo mandaba, ya desde 1970,  que era prácticamente forzoso cursar carreras universitarias y ello fue entendido posteriormente como que era progresista crear aparcaderos juveniles hasta en las poblaciones  de 50.000 habitantes, denominando”profesores” a toda la sarta de amiguetes que se acercaran por allí. Y se distribuyeron miles de becas para que los chicos pudieran trasladarse fuera de su propia casa, aunque se hubieran llevado hasta allí Centros llamados Universitarios, para estudiar carreras que no la sociedad no necesitaba, y sin que los privilegiados acreditaran unas mínimas condiciones de esfuerzo y aprovechamiento que mostrasen su mérito para estar subvencionados por los impuestos de todos.

 

            Con ese ánimo absorbente y entusiasta se crean Empresas industriales y comerciales. Se reglamentan los requisitos para construir edificios,  y las declaraciones de urbanización crean de la nada supermillonarios,  y de paso  relegan a la miseria a sus colindantes. Las Corporaciones locales se quedan con terrenos de particulares para crear en ellos grandes edificios que originarán nuevos gastos innecesarios,  pero suntuarios y muy “culturales”, cuya subvención miserable no permite el acceso de las gentes una vez que el Capitoste de turno ya se ha hecho la foto de inauguración.  Todo en el Estado, del Estado y por el Estado

 

            La “civilidad” se entiende, en comparación con esos términos que expongo con evidente exageración hasta incurrir en ridículo, pero que indican situaciones en que el Estado se comporta “totalitariamente”, y con efectos plenamente perversos. Pues una de las más elementales leyes sociológicas es que el modo más infalible de destruir algo es sustituirlo. Por ejemplo, para destruir la Democracia hay métodos que consisten en sustituirla: la “democracia orgánica”, la ·democracia sindical” la “democracia popular”, la democracia bolivariana” etc. tienen algo en común: que no son democráticas. Y para no incurrir en defecto afirmaré aún. La excepción a esa regla de des-calificativos es la “democracia liberal”, porque este nombre no viene asumido por ningún régimen, desde sí mismo, dado que es solamente el calificativo que las democracias  falsas dan a la auténtica,  para intentar legitimarse desvalorizando la autenticidad de la democracia en estricto sentido. Y abonando en este tipo de argumentos ¿puede imaginarse qué indica la expresión “profundizar la democracia”? Simplemente intentar reducir a régimen totalitario Instituciones, funciones y sectores de realidad social que para nada necesitan estar sometidos a unas reglas que solamente tienen legitimidad para hacer posible la existencia de libertad en la organización del poder político. Pero aquellos que  tienen mente totalitaria quieren reducir cualquier clase de entidad, institución u organización social, cualesquiera que sean sus promotores, sus modos de actuación o sus fines,  al régimen común denominador de su propia ideología totalitaria. ¿Cómo se los reconocerá? Pues fijándose en que no cesa de salir de sus labios la palabra “democracia”.tanto para legitimar cualesquiera de sus pretensiones programáticas como para insultar, negándole tal carácter que ellos definen “ex cátedra” a quien se atreva a oponerse.

 

            Pero ya ha llegado el momento de exponer, en positivo, qué se entiende por “civilidad” Para ello me referiré a tres enormes pensadores que han volcado su esfuerzo y, a veces también su vida, a esta tarea.

 

            El primero de ellos será un gran intelectual español, Eloy Luis André, a quien las desventuras de nuestra Guerra Civil (1836-39) impidieron el acceso a la Cátedra universitaria a que en repetidas ocasiones optó. Entre todos sus libros escogeré su Deontología, editada en Madrid a fines de 1931.

 

            El segundo pensador será Marco Tulio Cicerón, que poco antes de morir degollado a manos de esbirros del triunviro Antonio había escrito su libro Sobre los deberes.

 

            El tercero el ya fallecido profesor Umberto Campagnolo, fundador de la Sociedad europea de Cultura en los años 50 del pasado siglo, algunos de cuyos escritos serán próximamente editados en español bajo el título Una cultura para la paz.

 

 

            La deontología de Eloy Luis André estaba fundada sobre la necesidad del esfuerzo personal como primario asiento e instrumento de todo valor humano. Sus objetivos últimos mirarían a la construcción de una persona vibrante, entusiasta y volcada hacia el bienestar común. Estudia sobre todo el pragmatismo de las virtudes sociales, sugiriendo el campo en que deben construirse en los diferentes ámbitos de la existencia, y perfilando la peculiaridad de los valores que han de ser realizados en esos diversos campos. Así la Sociedad en general, la Familia, el Estado, la Nación, la Moralidad cívica, la Patria, el Ideario patriótico, el Amor a la patria, las consignas del patriotismo, el Trabajo, los Valores Culturales, la Cultura espiritual, y el ideal moral de la Humanidad. Todo un programa y toda una elaboración doctrinal a la altura del rigor científico y bajo la inspiración de la misión didáctica de un gran profesor. Estos capítulos podrían servir de guía para quien tratase de desarrollar sistemáticamente cuál es el contenido personal y social de esa “civilidad” que nos preocupa.

 

            .Otro modelo sería el configurado por el gran retórico y político latino Cicerón. Éste, al cerrar el balance de toda una historia cultural en el momento posterior a las novedades que habían preludiado Mario, Catilina y Julio César y antes de que comenzara el régimen Imperial desde el acceso al poder del sobrino de éste,  Octaviano; describe la figura del “ciudadano”: un ser activo, digno, razonable, responsable de sí mismo y de la mejor convivencia posible con los demás. El ciudadano comienza por cuidar de sí mismo y ha de procurar lo preciso para subsistir él y los suyos, pero advirtiendo siempre las consecuencias de sus actos sobre los otros y sobre todos los asuntos. Su experiencia le permite distinguir lo que será conveniente o nocivo para un entendimiento y una compatibilidad de los intereses de todos. La virtud consiste en desarrollar las propias capacidades y cooperar con los esfuerzos de los demás: libertad que no perjudique a nadie y garantías para la libertad de todos. Cada uno depende necesariamente de los demás, aprende de todos, y debe devolverles en términos de lealtad y reciprocidad cuanto de favorable ha recibido de ellos, transmitiendo a sucesivas generaciones los beneficios comunes: seguridad colectiva, prosperidad económica, altura de conciencia moral, honorabilidad social, libertad común, felicidad humana gracias a las comunicaciones de la amistad y del amor..

 

            Para Cicerón las gradaciones de la expansión de la virtud cívica son múltiples. Dentro del universo de los seres humanos se establecen comunicaciones más particulares, con gentes de diversa raza, nacionalidad, lenguaje, ciudadanía. Esta última es la relación más estable y productiva de todas, pero no es exclusivamente política sino cívica: en la convivencia ciudadana se enlazan la mayor parte de los intereses concretos de la convivencia: las calles, los templos, los porches, los paseos, las leyes, los juramentos, las tradiciones , los tribunales, la organización pública a través de los sufragios, los negocios, las uniones familiares, la amistad, la búsqueda de honores a través de su acierto en prestar servicios públicos, etc..

 

            (Un paréntesis en este momento: el estudio de Cicerón acerca del Estado y sus estructuras había sido ya efectuado en otros libros suyos, sobre todo el tratado Sobre la Cosa Pública, redactado en los años anteriores al ahora mencionado).

 

            Por último, el pensamiento de Umberto Campagnolo, uno de los maestros más queridos y seguidos por el recientemente fallecido, Norberto Bobbio, se mueve en términos de una filosofía crítica de la actual situación del mundo, desde aquella  confrontación que hemos denominado durante medio siglo “la Guerra Fría” La sociedad humana requiere una nueva y radical solidaridad. Ésta ha de surgir en la convicción de que el diálogo entre las personas es al mismo tiempo un momento de libertad y un proceso de necesidad. Hay que buscar una cierta “conciencia del mundo” en base de la realidad moral y política que formará la estructura del mundo que se está fraguando en medio de las tensiones culturales, estratégicas y económicas existentes. Todos los conflictos han de hallar soluciones pacientes y paulatinas a través del buen sentido y la razonable disposición cooperadora de todos. La “conciencia del mundo” anida en quienes son hombres que inquieren el sentido y los objetivos de los esfuerzos que los pueblos llevan a cabo para asegurarse condiciones de desarrollo económico y jurídico que haga posible y que garantice el bienestar de todos. La “conciencia del mundo” es una concepción de la Humanidad que tiende a superar la fase en que se identificaba existencia personal con la potestad exclusiva del Estado. “En esta hora de la historia, todo nos lleva a pensar que el hombre, empujado por el progreso de la ciencia y de la técnica que han cambiado profundamente la condición de la existencia humana, ha elevado la necesidad de libertad hasta hacerle reencontrar la exigencia de la solidaridad. También el hombre busca ahora crear una sociedad donde uno y otro estén igualmente satisfechos, y esta sociedad, evidentemente, no puede ser sino universal... “También el nacimiento de un orden de derecho aplicable a todos los hombres, aparece como la condición necesaria para que la solidaridad humana -de la que el arte, la  filosofía, y la ciencia no dejan de manifestarse- devenga una realidad de la historia”.

 

            De haber vivido actualmente, Umberto Campagnolo hubiera podido comprobar que esta realidad que es la Unión Europea puede representar en el mundo actual, tan distinto ya al que él pudo conocer en vida a pesar de los pocos años transcurridos desde su muerte, un eslabón necesario en esta larga marcha de la Humanidad en búsqueda de su equilibrio, entre el orden de la seguridad, que necesitamos, y el orden de la libertad, en que existimos. Este equilibrio nos vendría indicado por esa noción de “civilidad” sobre la cual hemos reflexionado. Un equilibrio que simboliza, en nuestra opinión, el lema que desde sus comienzos adoptó la Sociedad europea de cultura : “buscar una paz que no tenga como única alternativa la guerra”. Si bien la “civilidad” ha de reunir el esfuerzo requerido para su objetivo: no hay paz sin justicia, ni justicia sin prudencia, ni prudencia sin fortaleza. En boca del más ilustre de los diplomáticos de la historia española, el gran Saavedra Fajardo. “No halla la paz quien la busca, sino quien la obliga”.  Para los pacatos incapaces de defenderse ante la opresión interna o la agresión externa quedará la servidumbre, mientras que la dignidad requiere hacerse respetar. En la ética del esfuerzo se sabe que todo lo valioso cuesta. La “civilidad” implica la iniciativa constante de la persona humana para garantizar sus propios derechos y para enfrentarse con quienes humillarían su dignidad, sin esperarlo todo de la prepotencia teórica del Estado en una actitud que implicaría, realmente,  renuncia a la dignidad personal.

 

            Aún merece la pena meditar sobre otro asunto. La civilidad europea no puede ser entendida separada de las raíces culturales de la propia Europa. El ámbito europeo incluiría también a los territorios de la península anatolia y de sus contornos inmediatos. No debemos olvidar que en ella surgió el motivo histórico de la gran epopeya homérica, en las costas jonias nacieron los primeros filósofos griegos, en aquella tierra nacieron Aristóteles y san Pablo, y en Antioquía tuvo su primera Cátedra san Pedro. Las cartas de san Pablo a los Gálatas tenían por destinatarios a tribus galas que cuatro siglos antes habían llegado allí desde el centro de Europa. De la costa libanesa habían partido los primeros colonizadores del Mediterráneo europeo precediendo a los navegantes griegos y dando su nombre a Gades, hace más de 3.000 años. A pocos kilómetros de esa misma costa, Jerusalén fue símbolo y sede de las dos grandes religiones que hicieron posible pensar y sentir la libertad religiosa y con ella las dimensiones antropológicas de toda libertad. El monoteísmo hebreo la hacía posible albergándola en la distancia que sus creencias abrían entre el Dios creador y legislador y la promesa del futuro Mesías. El monoteísmo trinitario cristiano permitía a su vez una religiosidad compleja, en que las funciones del Padre creador y legislador, del Hijo redentor y salvador, y del Espíritu inspirador y purificador, definían un ámbito del que se hallaría muy lejos la posterior visión del Dios unitario, absoluto y determinante, frente al cual el “fiel” quedaría reducido a total sumisión y a eventual servidumbre.

 

            Otro ha sido el fruto de las dos religiones de la libertad. La “libertad” inspirada por la cultura hebrea llevaba consigo una esperanza radical que le daba consistencia y densidad. A su vez la “libertad” inspirada en el Dios trinitario reflejaría sobre las instituciones sociales esa diversidad de funciones personales que, proyectadas hacia la estructura del Estado, permitía imaginar que también en él la libertad sería posible, si sus funciones se distinguían suficientemente entre sí y cada una llevaba a cabo su tarea propia:  ordenando y legislando, juzgando, promoviendo cierto equilibrio en la organización interna del propio Estado. No es casual el hecho de que haya sido dentro de este espíritu europeo donde hayan fraguado las más profundas y expansivas concepciones de la libertad social, originando las concepciones del Derecho Natural, de las Constituciones que regulaban la división de poderes y la primacía  de los Derechos Humanos, y en definitiva de la Democracia y de la civilización de la  Ley.

 

            Las circunstancias bélicas y la proyección social de cada una de estas tres maneras de existencia religiosa han conducido a la situación de que los grandes países en que se instaló el monoteísmo islámico hayan quedado sometidos a sistemas sociales poco propicios al desarrollo de la libertad individual y social, lo que establece  una distancia cultural imposible de adaptarse espontáneamente a aquellas otras culturas en que tales modos de vida se han desarrollado poderosamente, gracias a la vigencia que durante mucho tiempo han tenido en ellas  las religiones que hicieron posible la vigencia social de la libertad personal, y que significan actualmente el valor que deba ser destruido por los mantenedores de cualquier totalitarismo ideológico y político.

 

            Sin embargo, ¿no sería posible que, a través de la adopción por países de cultura islámica, si así lo quisieran ellos,  de las instituciones democráticas desarrolladas ya en los países de cultura cristiana que ocupan la mayor parte del territorio actual europeo, llegaran aquéllos a homologarse políticamente a éstos, y a instalarse en un plano semejante de convivencia democrática y de respeto a las libertades comunes?

 

            Para ello,  el factor más decisivo en esta transformación habría de proceder de la actual Unión Europea. Ella sola posee ahora los criterios que permitieran las motivaciones de cambio, al menos en la aceptación de las condiciones de libertad social, de participación democrática y de integración cultural, concretamente en los niveles precisos para una cooperación e intercambio, desde donde alcanzar análogos objetivos sociales, y  buscar los oportunos  valores personales y colectivos. Podrían recuperarse,  para el estilo de civilidad que es caracterizador de la existencia social de la Europa de raíces culturales cristianas, países que antiguamente participaron de las mismas antes de haber sido sumergidos por la marea del monoteísmo totalitario. Tal vez ello sería el mejor método para que gentes, que actualmente se sienten libres por haber tenido la suerte de haber conservado sus raíces, no lleguen a ver que les son arrancadas a su vez, junto con la libertad y la prosperidad que ellas le produjeron. Franceses, alemanes o españoles no somos más indoeuropeos que armenios, afganos o albanos,y éstos no son menos inteligentes que aquéllos  Pero no hace demasiado tiempo que las tierras más prósperas y cultas del mundo mediterráneo eran Alepo, Damasco, Constantinopla, Alejandría, Cartago, Túnez, antes de que les sucediera lo que les sucedió. Dionisio, Atanasio, Jerónimo, Agustín eran las lumbreras del mundo cristiano. ¿qué fue de sus escuelas y de sus alumnos?

 

            La civilidad europea debe mirar también, no sólo a sus propias condiciones y a sus objetivos inmediatos, sino también a su futuro y a su expansión. Su destino es también su responsabilidad: animar con su ejemplo al resto del mundo, comenzando por su ámbito más inmediato, a ejercer la libertad y a hacerse responsable de las deficiencias propias,  para así poder ayudar mejor a las necesidades ajenas. La civilidad europea se traicionaría a sí misma si no pensara  más allá de su propio mundo. Lucio Anneo Séneca expresó el sentido de esta empresa en una frase inmortal: “somos miembros de un mismo cuerpo inmenso”, cuya existencia sólo tiene sentido digno desde la  responsabilidad común de la necesaria  libertad. Esto me parece ser el sentido de la civilidad europea

 

                                                                                                                     

 

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© THÈMES     V/2004